viernes, septiembre 30, 2011

hotel, club, diario

.
foto: harry pearce


Comienza el curso, al fin, aunque el verano se niega a irse y sigue pisando los últimos días de septiembre con una luz capaz de despejar los humores más sombríos. Y, coincidiendo con este inicio de temporada, el Hotel Kafka abre las inscripciones para el Máster de Escritura Creativa (el módulo de poesía se impartirá durante el segundo trimestre, de enero a abril) y también para el Club de Poesía que inauguramos este año: una ocasión para compartir lecturas, inquietudes y deslumbramientos. Comenzamos el 7 de noviembre con Residencia en la tierra de Pablo Neruda y luego el 21 del mismo mes con Las personas del verbo de Jaime Gil de Biedma (luego seguiremos con Zbigniew Herbert, Luis Cernuda y John Ashbery, entre otros). Como veis, un menú de lo más variado. Os copio los dos párrafos de presentación del Club de Poesía y os invito a matricularos si vivís en Madrid: se trata de leer, de compartir lo leído (lo pensado) y, en general, de pasar un buen rato.



El Club de Lectura de Poesía del Hotel Kafka no quiere ser más –ni menos– que un espacio de encuentro, de diálogo, de interrogación, de debate y de aprendizaje en torno a esos libros sin los cuales difícilmente seríamos lo que somos, o querríamos ser lo que no somos. Desde clásicos de la vanguardia histórica a trabajos contemporáneos, queremos acercar lo más vivo, lo imprescindible, lo más provocador para la inteligencia y los sentidos (la única provocación que vale la pena), ponerlo en comunidad, entrar y salir de su círculo de tinta para entrar y salir de nosotros mismos, escarbar en sus entrañas o sus motores y borrar la pátina que el tiempo, a veces, pone sobre páginas que, bien miradas, bien leídas, siguen teniendo tanta o más vida –siguen siendo tan (im)pertinentes– que cuando fueron escritas. Nos mueve el convencimiento de que nadie puede ser poeta si antes no ha sido lector –obsesivo, compulsivo– de poesía, si no experimenta el asombro, el íntimo deslumbramiento, el secreto placer de quien, al leer, siente que las palabras de otro le están leyendo, rehaciendo, cartografiando el territorio siempre confuso de su propia identidad.

Nuestro método de trabajo es sencillo. Para leer, como para escribir, hay que quedarse a solas. Leeremos por tanto, primero, cada uno por nuestra cuenta. Y luego, cada quince días, nos reuniremos para debatir, interrogar (al libro y a nosotros mismos), dar nueva vida a las palabras con el firme propósito de que ellas nos den un poco más de la suya. Echaremos mano de nuestra inteligencia y nuestra memoria, de nuestros sentidos y nuestras emociones, y de una experiencia vital que incluye también todo lo que hemos leído y pensado y visionado. Se trata, en fin, de disfrutar y aprender de la poesía en un entorno de cordialidad cómplice que no excluye el rigor y la indagación. Si la poesía es, en gran medida, el espacio de la palabra en libertad, quizá su lectura y su frecuentación nos ayuden a ser un poquito más libres.



Entretanto, Antonio José Ponte sigue haciendo de las suyas y ha decidido publicar una nueva selección de mis perros playeros en Diario de Cuba. Esta vez lo ha titulado «Lo que es invisible de tan grande» y la frase, sin duda, es la definición más certera o precisa de su hospitalidad.

miércoles, septiembre 28, 2011

peter redgrove / en el huerto

.
Gustav Klimt


Manzanos como un arrecife de coral

tras los cálidos muros de arenisca
que les permiten madurar. Hablamos

en susurros de la negrura
destilada en los frutos,
la carga basculante del ramaje
como pechos palpables bajo una blusa verde.

Igual que duerme el ojo
duerme el fruto en su párpado perfecto,
hasta que muerdo negro y sale
blanco, diciendo
«Hágase la luz».



No es habitual, pero a veces ocurre. De hecho, debería ocurrir más a menudo. Quiero decir, uno vuelve sobre un antiguo poema, una traducción realizada –e incluso publicada– hace años, y la tentación inmediata es cambiar palabras, corregir este o aquel verso, optar por nuevas soluciones. Me pasó no hace mucho con un poema de Peter Redgrove (1932-2003) que colgué en esta bitácora hace exactamente cinco años. En realidad, los poemas de Redgrove me han planteado siempre muchos problemas, como si el estado de flujo en el que parecen haber sido escritos –según confesión del autor– los volviera escurridizos o resistentes a la traducción. Supongo que es también cuestión de torpeza (la mía, por supuesto). El caso es que me encontré con este poema, «En el huerto», y cuando me di cuenta había rescrito la mitad de los versos. Así que vuelvo a publicarlo aquí, acompañado del original. Podría dar para una curiosa sesión del taller de escritura creativa. Todos los cambios, por definirlos o resumirlos en pocas palabras, apuntan a un solo propósito: buscar la máxima precisión, arrimarse lo más posible al original sin dejar de estar atento a lo que la traducción misma puede aportar; en este caso, los últimos versos, esos «hasta que muerdo negro / y sale blanco», que suenan –creo– más concisos y hasta más vivaces que en inglés. Me gusta el modo en que el endecasílabo queda trunco y prepara la cita bíblica del final. No descarto, con todo, verme con una nueva versión de este poema dentro de cinco años.



orchard end

Apple-trees coralled behind
The warm stone walls that help
To ripen them. We discuss

In whispers the spirituous dark
Within the fruit, the boughs
Librating their poundage
Like heavy bosoms in a green shirt.

As an eye sleeps each apple
Sleeps in its seamless lid
Until I bite into the black, turning it
To white, saying
‘Let there be light.’
.

lunes, septiembre 26, 2011

cul-de-sac

.

Ese curioso instante en que sólo te queda una esquina para completar el cubo de Rubik de ciertos trabajos o problemas, pero cualquier movimiento te obliga fatalmente a retroceder y deshacer el prodigio, sin posibilidad de enmienda. Repasas una y otra vez los planos, la secuencia de eventos, y te preguntas con rabia de Tántalo, ¿en dónde me equivoqué? Otra cosa es que, por soberbia o mala fe, uno quiera mostrar el resultado de tal modo que nadie advierta esa esquina indispuesta.
.

miércoles, septiembre 21, 2011

la espera

.
Francisco Toledo, Garza y cocodrilo


El escritor al que atraen multitud de asuntos, que mariposea entre intereses encontrados sin decidirse jamás por ninguno, no es muy distinto del que no tiene asunto ni encuentra nada que decir (aunque sepa muy bien, tal vez, cómo decirlo). En ambos falta el yugo imperativo de la obsesión, ese instante fatal en que algo –a medias yo y no-yo– nos agarra del pescuezo y se niega a soltarnos hasta que lo hemos escrito. Un instante, por cierto, que no cabe premeditar, aunque podamos cortejarlo de distintas maneras. De ahí que el escritor verdadero gaste la mayor parte de sus fuerzas en una actividad paradójicamente agotadora: no escribir. Sí, puede ofrecer su cuello a multitud de aspirantes, ansioso por sentir el peso del yugo, pero sólo unos pocos tendrán derecho a esclavizarle. Extraño privilegio el suyo, o extraña condena: elegir sin saberlo a sus dueños sucesivos, el grado y condición de su servicio.
.

lunes, septiembre 19, 2011

a oscuras

.

Me cuenta un amigo que ayer al mediodía –así puede ser una jornada de mediados de septiembre en un valle asturiano– el cielo se aborrascó hasta el extremo de provocar el encendido automático de los faros del coche… Algo como un eclipse de nubes que borró la luz del sol casi por completo y que no remitió hasta media tarde. No recordaba que los coches estuvieran equipados con este tipo de sensores, aunque parece lógico. Algo como los filamentos que la sangre enciende por instinto para iluminar los días oscuros, llenos de malos presentimientos. Y también en este caso hay que hacer como el conductor del coche: mirar con terquedad hacia adelante, no entretenerse sino lo indispensable, concentrarse en el acto mismo de conducir hasta que poco a poco se sale del túnel y se comienza a respirar más anchamente. A la salvación por la rutina. O del remolque salvador de los automatismos. No es mucho consuelo, tal vez, pero no se me ocurre nada mejor cuando los días se estrechan y se vuelven irrespirables, como este comienzo de semana en el que ciertos asuntos –domésticos, laborales– que debieron resolverse hace tiempo comienzan a emponzoñar el aire. Supongo que mi vieja manía de enterrar la cabeza en la arena, esperando que la tormenta amaine o siga su curso, sigue siendo tan improductiva y malsana como siempre. Con lo que me temo, además, que estoy gastando los filamentos de la sangre con oscuridades de mi propia hechura. Imposible quejarse, pues. A lo más que puedo aspirar es al semblante de dolorida sorpresa de mi amigo al contarme el eclipse de ayer. No me lo puedo creer, venía a decirme. Yo tampoco; me he visto en este hoyo tantas veces que mi insistencia en visitarlo me parece francamente digna de asombro.
.

viernes, septiembre 16, 2011

+ perros


1. Estos perros siguen haciendo de las suyas. Ayer mismo, gracias a la hospitalidad del escritor Antonio José Ponte, se colaron en las playas del periódico virtual Diario de Cuba, uno de los grandes espacios dinamizadores de la resistencia democrática cubana. Si tenéis tiempo, no dejéis de pasearos por sus páginas para leer, entre muchas otras incitaciones, los memorables artículos literarios de Orlando González Esteva, Lorenzo García Vega o el propio Antonio Ponte. (La ilustración, por cierto, no podía ser más acertada.)

2. Mi querido y admirado Andrés Sánchez Robayna ha escrito una muy generosa reseña del libro para el número de septiembre de la revista cultural Letras Libres. Se titula «Reticencia y agudeza» y se publica exactamente siete años después de que yo dejara, en septiembre de 2004, la redacción española de la revista. Cosas del azar, o de esas extrañas simetrías que esconde el tiempo. En cualquier caso, no niego que me hace mucha ilusión. Y para que la alegría sea completa, traigo a esta pantalla una ilustración, espléndida, de otro buen amigo, el pintor Melquiades Álvarez.


y 3 (posdata). Estoy de enhorabuena. A las pocas horas de colgar esta entrada, me llega el aviso de que el joven poeta José Luis Gómez Toré (por cuya escritura siento eso tan raro de encontrar llamado afinidad, cercanía) ha escrito una reseña de Perros en la playa para el blog de crítica La Tormenta en un Vaso. Su generosidad viene de lejos. Suya fue también una reseña de Hormigas blancas, allá por el 2005, que ayudó no poco a difundir el libro. Gracias, José Luis. Esa poesía, intemperie que da título a tu bitácora es bastante más amable gracias a compañeros como tú.


.

martes, septiembre 13, 2011

tomlinson / renshi

.
En octubre de 1998, algo menos de treinta años después de unir fuerzas con Octavio Paz, Jacques Roubaud y Edoardo Sanguineti en Renga, fruto de una semana de intenso trabajo colectivo en París, Charles Tomlinson fue invitado a Tokio para participar en la composición de otro renga, esta vez con poetas japoneses. Si el escenario de la primera colaboración había sido un asfixiante y oscuro sótano del Hôtel Saint-Simon, esta vez Tomlinson compartió una sola jornada de trabajo en el Hotel Daisenya, entre estanques llenos de carpas
y dilatadas vistas de los arrozales vecinos. A su lado, como una especie de lugarteniente, tenía al escritor inglés James Lasdun (1958), que había sido alumno suyo en la Universidad de Bristol. El quinteto creador lo completaban tres poetas nativos: Hiroshi Kawasaki, Mikiro Sasaki y el también crítico literario Makoto Ooka, quien ofició de maestro de ceremonias y explicó a sus compañeros que el poema que iban a escribir debía llamarse propiamente renshi, pues era una variante menos estricta, en forma y contenido, del renga tradicional. Añade Tomlinson con algo de humor que, «si bien evitamos muchas estipulaciones tradicionales, acatamos la vieja regla de no mencionar demasiado la luna». Y comenta que la tarea se hizo muy llevadera pues en todo momento uno podía escaparse a una habitación cercana para escribir su parte o picotear algunas de las innumerables exquisiteces que la cocina del hotel ponía a su disposición.

Si el patrón formal del renga parisino había sido el soneto (un soneto multilingüe, escrito en inglés, francés, italiano y español), esta vez
se acordó combinar estrofas de tres y cinco versos, tal vez como un homenaje a las viejas formas japonesas del haiku y el tanka. A medida que escribían, el resultado era caligrafiado en un gran mural que colgaba de las paredes del cuarto. Como explica el poeta inglés, «parecíamos habitar una casa creada –de manera pausada y sin embargo veloz– por nosotros mismos». En todo momento los cinco poetas tuvieron la colaboración de dos traductoras encargadas de facilitar la comunicación y allanar el territorio de encuentro: Janine Beichman (del japonés al inglés) y Masahiko Abe (del inglés al japonés).

Los primeros once fragmentos de este renshi aparecen colgados en el portal
de la revista inglesa Agenda (aquí, y hay que irse abajo, al extremo inferior de la página, para descargar el pdf con el ensayo de Tomlinson) y no he dudado en traducirlos, aun a sabiendas de que el poema resultante es, en la mayoría de los casos, el fruto de una doble mudanza: del japonés al inglés, y del inglés al español. La secuencia tiene al menos un doble mérito: logra en muy pocos versos reflejar la personalidad de cada uno de los participantes, y respeta la vieja norma del renga de que cada fragmento se engarce única y exclusivamente con su predecesor, creando un itinerario semántico algo zigzagueante que depende casi en exclusiva de la voluntad de los distintos coautores. Resulta curioso, en última instancia, que quizá el fragmento más proverbialmente oriental de todos (el VI) sea de un viejo poeta inglés, y que corresponda a un poeta japonés contemporáneo (Makoto Ooka) añadir en su respuesta unas pocas gotas de humor y hasta de malicia irónica.

No he traducido, por cierto, la muy intraducible expresión mono no aware, que corre
sponde a un impulso espiritual común a la mejor poesía tradicional japonesa: la empatía con las cosas, o la piedad por ellas, la percepción melancólica de su carácter efímero y la sabia conciencia de que esta fugacidad es precisamente lo que les confiere su peculiar belleza.



Charles Tomlinson, Makoto Ooka, James Lasdun, Hiroshi Kawasaki y Mikiro Sasaki

Extracto de Golondrinas viajeras, renshi compuesto en las terma
s de Hatake en el Hotel Daisenya, 1998

I

Octubre: emigran nuestras golondrinas:
África es su destino, pero este año ve
a una pareja inglesa entre japoneses
aprendiendo nuevas canciones, nuevos nombres para la flor
y el árbol,
antes de que vengan el frío y mono no aware

Charles


II

Siempre es posible hallar de nuevo mono no aware
¡Mirad! Ha
sta por el corazón de los mares sin caminos
hermosamente abriendo camino van los peces

Makoto


III

Un camino.
......Un claro.......Una habitación….
Y con qué rapidez lo que parecía pura
obstrucción rinde una ventana y luego una puerta…
Pero cuidado: aquello por lo que creías haber venido
puede haber cambiado ya

James


IV

Los niños jugaban a comprar y vender
Mientras sostenía un paraguas, uno de ellos dijo
Esto es una buena máquina para escuchar la lluvia

Hiroshi


V

Encima de una hoja de bambú
una pequeña rana silvestre, y sobre ella
su alma, del tamaño de una gota de lluvia, elevando
un suspiro

............hacia donde las nubes se abren

Mikiro


VI

Nubes que no dejan de borrar las montañas
Sobre un paisaje holandés:
Mondrian en los arrozales de Izu

Charles


VII

Estos campos colindan con aquellos donde crecí
los saltamontes pasaban brincando y nosotros los
cazábamos y comíamos hervidos, con azúcar y soja,
la crisis alimentaria hacía la vida difícil hasta para los saltamontes
aún no había oído hablar de Van Gogh o Rimbaud

Makoto


VIII

El arce, el arce rojo y floreciente
que talé en el prado la primavera pasada
arde un poco demasiado ferozmente en el horno de leña

James


IX

He oído hablar de mariposas que dejaban de respirar
mientras sorbían néctar, pegadas a la flor.
O contemplad a la cigarra: desprovista de vida,
apurados los cantos,
es izada por las hormigas, que unen la vida con lo venidero
¡Qué finales tan felices!

Hiroshi


X

Un viento anónimo......mantiene a flote
......vidas anónimas
Navegando en el barco de los genes, la tierra boyante
Sigue su viaje

Mikiro


XI

Lo aprendes demasiado tarde: cuando una hoja
brota del mástil, cuando la hiedra enreda tus remos,
cuando tus marineros con nariz de botella
y brazos como aletas se arrojan por la borda…
demasiado tarde comprendes que tu vileza atrapó a un dios

James

[…]


Trad. J. D.



domingo, septiembre 11, 2011

2 mujeres


No seas tan duro con ella. Fuiste tú quien la eligió, exponiéndote libremente a sus colmillos. Querías la validación de una dentellada, y la tuviste. Todo lo demás, como se suele decir, es literatura.



No tardó en dejarla. Cada vez que hacían el amor, le parecía estar como detrás de una puerta, oyendo algo que no le estaba reservado, que ni siquiera debía oír.


jueves, septiembre 08, 2011

mudanzas, resistencias, humildad


1. De paseo por el centro de Gijón, veo que donde solía estar una venerable galería de arte han abierto ahora una tienda de productos o remedios homeopáticos. No es mal cambio. O al menos, tiene su lógica. Todo queda en el reino del espíritu; o de cierta clase de masaje incorpóreo que ahora, más degradado, reemplaza las formas reparadoras de la imaginación con imágenes de una salud ilusoria. Ya no creemos en el arte, al parecer, sino en formas de higiene y de limpieza que nos devuelven a la tierra sin peligro de mancha o contaminación. El artificio que higieniza la naturaleza es preferible al artificio propio de la cultura. Lo importante es que el mundo se vuelva presentable. Y el arte contemporáneo se ha ocupado tanto de bucear en lo oculto, de producir imágenes de lo larvado y lo fallido, que a muchos ya no les sirve. No es productivo, dicen, no compensa el esfuerzo que ponemos en él.

2. Por lo mismo, donde antes se levantaba uno de los grandes cines y teatros de la ciudad hay ahora un centro de cuidados estéticos de esplendor casi oriental. ¿Para qué admirar la belleza y la vitalidad ajenas si uno puede ahora, por un precio más o menos accesible, convertirse en el protagonista de su propia película? El desprestigio del arte es también, en este sentido, el desprestigio de la ficción, y uno ve cómo la vieja distancia entre personas y personajes, entre nosotros y nuestros modelos, va desapareciendo al mismo tiempo que los viejos complejos, las viejas culpas y constricciones. Que los personajes de ficción vivan la vida por nosotros es algo que admite cada vez menos gente. La tendencia es, más bien, a convertir a gente vulgar en carne de cañón televisiva, a que cada cual tenga su minuto de fama y exposición novelera; o, al revés, a negar la importancia o pertinencia de unas ficciones que nada tienen que decirnos, a nosotros, que somos el centro suficiente y vanidoso de nuestras propias vidas.



y 3. Por ahí también cabría entender la tendencia de muchas series de televisión a dejar que los espectadores dicten el argumento o discutan abiertamente en los foros virtuales las decisiones del equipo director. A sus ojos, el hecho de haber creado la serie no da derecho a sus responsables a dictar sus contenidos y contrariar los deseos de la audiencia. Hay como un rechazo a la pasividad tradicional del espectador, una resistencia a reconocer que esas ficciones que tanto nos apasionan pueden y deben estar fuera de nuestro control. No, lo queremos todo y ahora, sujeto a los radios imperiosos de nuestro capricho. Pero si la ficción vale por algo, es por su capacidad para iluminar el yo desde fuera del yo, para instruirnos sobre la existencia en carne ajena, y sólo podremos estar fuera de nosotros mismos si nos dejamos arrastrar y llevar por las historias, si lo ignoramos todo de su desarrollo salvo aquello mismo que nos cuentan o que acontece ante nuestros ojos. Hay que abrazar un estado de receptividad, bajar la guardia, dejarse invadir por esa suspensión de la incredulidad que invocaba Coleridge. Ni el orgullo ni el egotismo tienen nada que hacer aquí. Ser lector o espectador es cultivar una humildad que conoce sus límites, o que los repone tan pronto acepta que derribarlos no fue una gran idea. Por ahí cabe entender cierto paralelismo entre la práctica religiosa y la frecuentación de las obras de arte. La única sabiduría que nos es posible adquirir / es la sabiduría de la humildad: la humildad es infinita, decía Eliot en Cuatro Cuartetos. Sin este respeto, sin este sometimiento como de orante ante su dios –un sometimiento activo, sin embargo, que busca, que interroga y enjuicia, que indaga en la obra–, dudo mucho que uno pueda tener un vínculo fecundo con el arte. Hay que escuchar lo que se nos dice, dejarnos arrastrar. Sin ese momento de entrega, sin esa rendición incondicional de uno mismo a la obra (algo que Eliot, de nuevo, supo entender muy bien), no tendremos esa forma de conocimiento íntimo, intuitivo, que es el conocimiento artístico. No habrá ganancia, es decir, algo en lo que sentirnos comprometidos, algún tipo de huella. Aquella hermosa historia de Jean Paul –que tanto gustaba a Coleridge y a Borges– sobre el hombre que atraviesa el paraíso en sueños, recibe una flor como prueba de su pasaje y al despertar encuentra esa flor en sus manos, es en el fondo una alegoría de la creación y la recepción del arte imaginativo. O dicho de otro modo: para obtener la flor hay que saber rendirse al sueño y aceptar el regalo que nos está reservado. Lo más probable es que no sea una flor ni nada que se le parezca, pero no perdamos la esperanza: todavía debemos despertar.

ilustración de Pelayo Ortega

miércoles, septiembre 07, 2011

el diario de valente

.
Una de las novedades inexcusables de la rentrée poética es sin duda el Diario anónimo de José Ángel Valente, que publica Galaxia Gutenberg en la edición (siempre modélica) del poeta Andrés Sánchez Robayna: cuarenta años de escritura privada o secreta que ahora, de pronto, surge a la luz de los lectores. Ayer nos llamaron a Marta Agudo y a un servidor de la redacción de Público para que habláramos un poco de Valente y de la significación que puede tener su nuevo libro, y este es el resultado.
.

lunes, septiembre 05, 2011

3


He descubierto que mis mejores ideas son siempre vías de escape, formas de la evasión. Me he convertido, no siempre a mi pesar, en un experto en arrinconarme a mí mismo.



Me niego a creer que nadie sea tan estúpido… y esa negativa me lleva a i
maginar toda clase de motivos ocultos y esotéricos que arrojen una luz favorable sobre su conducta. Prefiero ser deferente a dejarme llevar por un paternalismo fácil pero no infundado. Necedad por necedad, esta al menos me hace mirar a lo alto.



Ponte en mi lugar, me dijo, y cuando quise darme cuenta ya me había robado la silla.
.
.
Ramón Prendes, La casa de Caronte
.

sábado, septiembre 03, 2011

respuesta

.
¿Quién eres tú para pensar tan mal de mí? Eso es cosa de profesionales; deja que yo me ocupe.


jueves, septiembre 01, 2011

periódico de poesía

.

Me escribe el poeta y crítico mexicano Pedro Serrano para comentarme que el nuevo número de la revista virtual Periódico de Poesía está en la red. Después de tres años de duro y modélico trabajo editorial, Serrano ha conseguido algo que parecía difícil y que sin embargo él ha hecho fácil: una página dinámica, plural, donde caben entrevistas, traducciones, reseñas, ensayos y hasta el ocasional panfleto belicoso. En sus columnas virtuales han convivido poetas y críticos de toda Hispanoamérica, con especial hincapié en México y Argentina, y no ha habido número que no contuviera al menos dos o tres trabajos memorables. Así que me he llevado una buena alegría cuando he visto que el último número de Periódico de Poesía incluye un par de colaboraciones mías: traducciones de la poesía del joven escritor y editor norteamericano Jeffrey Yang (del que ya di una muestra en esta bitácora hace cosa de año y medio), y el epílogo de la edición española de El juramento de la pista de frontón de John Ashbery (Calambur Ediciones), que no habría escrito sin la amable insistencia de su traductor, Julio Mas Alcaraz. Me gusta esta doble vida de los textos, este salirse de las tapas de un libro para anunciar su existencia en territorios donde el libro apenas llega. Esa es quizá, una de las grandes virtudes o funciones de este Periódico de Poesía bajo la dirección de Pedro Serrano. Un periódico que permite a los lectores ignorar las fronteras nacionales y hasta lingüísticas y habitar un espacio común, el de la modernidad, sin dioses ni falsos dogmatismos.
.

domingo, agosto 28, 2011

la espera


Sigues velando el bosque, dando vueltas a cielo abierto sin decidirte a entrar. No se oirá tu voz hasta que lo hagas, como los niños que caminan entre los árboles, en la oscuridad cerrada, y cantan para espantar su miedo. Cualquier otra elección sería prematura. Mejor seguir dudando en el umbral. Mejor la espera a incurrir en un gesto gratuito, para el que no hay coartada. La preparación del silencio.

miércoles, agosto 24, 2011

kenneth koch / 4 poemas

.

Conocemos bastante bien la obra de John Ashbery o de Frank O’Hara, pero no así la de otros dos grandes poetas de la llamada Escuela de Nueva York, James Schuyler y Kenneth Koch (1925-2002). De Koch, en concreto, creo que no hay nada traducido al castellano, al menos en España, y es una lástima, porque su sentido del humor es aún más lúdico y disolvente que el de O’Hara. En parte, esta ausencia se debe a que el fuerte de Koch eran los poemas extensos, largas series como «Fresh Air», «The Pleasures of Peace» o «The Art of Poetry», en los que desplegó con generosa abundancia su inventiva verbal y su iconoclastia, esa forma que tenía de burlarse (a veces de manera violenta o acre) de la poesía y los poetas que se tomaban demasiado en serio. Su particular leviatán fue siempre el ambiente poético al que hubo de enfrentarse en los años cincuenta, escritores como Robert Wilbur, John Berryman o el primer Lowell, educados en la estela de Eliot, adeptos a envolver el poema en infinitas capas de ambigüedad y cifrarlo todo en forma de símbolo. Como afirma en «Fresh Air», «¡Me ponéis enfermo con toda vuestra palabrería sobre la contención y el talento maduro! / ¿No habéis mirado nunca por la ventana un cuadro de Matisse, / o es que habéis estado siempre en hoteles donde había demasiadas arañas arrastrándose por vuestros rostros? / […] / Ah, quién tuviera diecisiete años / de nuevo […] y no supiera aún que la poesía / está sometida al cetro de los mudos, los sordos y los repulsivos». Los grandes molinos que Koch atacó una y otra vez fueron la solemnidad y la pedantería, la creación poética convertida en «carrera literaria», el énfasis en la dificultad y la maestría técnica como fines que justificaban toda escritura. Lo peor, a su juicio, es que un poema fuera aburrido, o anodino, o que desprendiera un tufo de experimento de laboratorio sólo válido para engrosar currículos universitarios. Lo dice bien a las claras en el poema ya citado: «Dónde están los poetas jóvenes en América, están temblando en las editoriales y las universidades, / sobre todo tiemblan en las universidades, bañan los peldaños de la biblioteca con su saliva, / gargarizan poemas inocuos (¿a quién?) sobre arces y sus propios hijos, / a veces lidian con un tema como Villa d’Este o un faro en Rhode Island, / ¡Ah qué gusanos son! Desean perfeccionar su forma. / Sin embargo ¿no podrían estos jóvenes, puestos en otra profesión, / triunfar admirablemente, digamos gobernando un barco? No lo dudo, Señor, y ojalá pudiéramos ponerlos a prueba […]». La diatriba se prolonga cinco páginas más y funciona más que «admirablemente», como diría el poeta. (Me pregunto, por cierto, si no sería posible «traducirla» o «trasladarla» al ámbito hispanohablante, cambiando aquellas referencias por otras más cercanas o comprensibles; practicar una reescritura cultural, por así decirlo, que nos ayudara a poner en solfa a nuestros particulares popes y maestros.)

Sin embargo, Koch empezó bajo la influencia (que siempre reconoció gustosamente, aunque alguna vez la calificara de «torva») de Yeats y también de Wallace Stevens, a quienes estudió en Harvard bajo el magisterio de Delmore Schwartz. Más tarde inició estudios de doctorado en la Universidad de Columbia, donde pasaría cuatro décadas como profesor de literatura y escritura creativa. Allí tuvo como alumnos a poetas tan destacados como Ron Padgett, David Shapiro o David Lehman. Al parecer, sus clases eran memorables: tenía por costumbre subirse a los pupitres para declamar a Whitman (espero que con mayor fortuna que el personaje de Robin Williams en esa película tan cursi que atiende por El club de los poetas muertos) y también cantar trozos de óperas italianas para ilustrar sus ideas. Escribió no sólo muchos libros de poemas sino también teatro, libretos para óperas contemporáneas y algún que otro manual (a falta de mejor nombre) de escritura creativa. Murió en 2002 en Nueva York de leucemia, no sin antes haber sido elegido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras (en 1996).

He escogido cuatro poemas breves tomados de su primer gran libro, Thank You and Other Poems, publicado en 1962. Antes había publicado un par de cuadernos, pero fue gracias a Gracias…, valga la redundancia, como se dio a conocer a los lectores. Hoy día sigue siendo uno de sus libros más apreciados por su energía, imaginación y sentido del humor, tan visible en su parodia de Wiliams Carlos Williams o en el sutil lirismo de «Para ti» (con un guiño simpático a Wallace Stevens...). La comicidad, en Koch, no excluye la emoción: como en Ashbery o incluso Schuyler, se adivina una tenue nostalgia por esa América tempranamente pop de los años treinta y cuarenta que fue el paisaje de fondo de su infancia. En «Variaciones sobre un tema…», Koch opta por la hipérbole, sacando de quicio el original de Williams y potenciando su secreta dosis de absurdo. Estoy seguro de que el propio Williams disfrutaría con este homenaje, que vio la luz un año antes de su muerte. Por lo demás, pocos poemas de amor pueden enorgullecerse de un final como «Para ti», capaz de dar vida a los viejos tropos del sol y el amanecer con un remate sentencioso y abierto como el mejor de los aforismos. (Por cierto, ¿soy yo, o en ese verso
«de Hartford a Miami» se esconde un guiño a Wallace Stevens, el agente de seguros de Hartford que solía veranear sin falta en Florida?)



Para ti

Te quiero como un sheriff busca la nuez
que resolverá un caso de asesinato que lleva años sin resolverse
porque el asesino la dejó en la nieve junto a una ventana
por la cual vio su cabeza, conectada por
un cuello a sus hombros, cubriendo su corazón
con un tejado rojo. Por esto vivimos mil años;
por esto amamos, y vivimos porque amamos, no estamos
dentro de una botella, ¡gracias a dios! Te quiero como un
niño busca una cabra; estoy más loco que los faldones de una camisa
al viento, cuando estás cerca, un viento que sopla desde
el gran mar azul, tan brillante tan profundo y tan distinto de nosotros;
me parece que siempre estoy cruzando en bicicleta un África de campos
verdes y blancos para estar cerca de ti, incluso en mi corazón
cuando estoy despierto, que va a nado, y creo también que eres
tan digna de confianza como la acera que me lleva hasta
el lugar donde vuelvo a pensar en ti, ¡nueva
armonía de pensamientos! Te quiero como la luz del sol gobierna la proa
de un barco que navega
de Hartford a Miami, y te quiero
más y mejor al amanecer, cuando incluso antes de despertarme el sol
me recibe en las preguntas que tú siempre planteas.



Permanentemente

Un día los Nombres estaban apiñados en la calle.
Un Adjetivo pasó a su lado con su oscura belleza.
Los Nombres quedaron impresionados, conmovidos, transfigurados.
Al día siguiente un Verbo llegó en coche y creó la Frase.

Cada Frase dice una cosa, por ejemplo: «Aunque era un oscuro y lluvioso día cuando el Adjetivo pasó a mi lado, recordaré la dulce y pura expresión de su rostro hasta el día mismo en que perezca y deje esta verde tierra eficiente».
O: «Andrés, ¿harías el favor de cerrar la ventana?»
O, por ejemplo: «Gracias, el tiesto rosa del alféizar ha cambiado de color hace poco y ahora es amarillo pálido debido al calor de la fábrica de calderas que está cerca de aquí».

En primavera las Frases y los Nombres estaban tendidos en silencio sobre la hierba.
Una Conjunción iba de un lado a otro gritando a solas «¡Y! ¡Pero!»,
pero el Adjetivo no aparecía.

Como el adjetivo se pierde en la frase
así me pierdo yo en tus ojos, oídos, nariz y garganta…
me has hechizado con un solo beso
que solo podrá deshacerse
con la destrucción del lenguaje.



Tú llevabas puesta

Tú llevabas puesta tu blusa de algodón estampada de Edgar Allan Poe.
En cada recuadro de la blusa había un retrato de Edgar Allan Poe.
Tenías el pelo rubio y eras muy mona. Me preguntaste: «¿Es que la mayoría de los chicos piensa que las chicas son malas?»
Sentí el olor a moho de hotel de playa de tu pelo, recogido con una horquilla estilo John Greenleaf Whittier.
«No –dije–, son las chicas las que piensan que los chicos son malos». Entonces leímos Snow-bound juntos
y corrimos por el ático hasta raspar un poco del esmalte azul de mis zapatos George Washington, Padre de Su Patria.
Madre daba vueltas por el salón, arreglándose el pelo con su peine Valses de Strauss.
Esperamos un rato y luego nos reunimos con ella, pero sólo para que nos sirvieran té en tazas decoradas con retratos de Herman Melville
y también con ilustraciones de su libro Moby Dick y de su novela corta Benito Cereno.
Padre entró con su corbata estilo Dick Tracy: «¿Os apetece una copa?»
Yo dije, «vayamos fuera un rato». Salimos al porche y nos sentamos en el columpio con forma de Abraham Lincoln.
Tú te sentaste en la parte de los ojos, la boca y la barba, y yo me senté en las rodillas.
En el jardín del otro lado de la calle vimos un muñeco de nieve con una tapa de cubo de basura a la que habían abollado hasta parecerse al loco rey inglés Jorge III.



Variaciones sobre un tema de William Carlos Williams

1

Talé la casa en la que habías planeado vivir el verano que viene.
Lo siento, pero era por la mañana, no tenía nada que hacer
y sus vigas de madera eran tan tentadoras.

2

Los dos nos reímos al ver las malvarrosas
y entonces las rocié con lejía.
Discúlpame. Ya ni sé lo que hago.

3

Regalé el dinero con el que pensabas vivir los próximos diez años.
El tipo que me lo pidió iba vestido de cualquier manera
y el sólido viento de marzo en el porche era tan jugoso y frío.

4

Ayer por la noche salimos a bailar y te rompí la pierna.
Perdóname. Estuve muy torpe, y
te quería aquí en la clínica, donde soy el médico!




El original de este último poema, aquí.
.

lunes, agosto 22, 2011

de paso



Tarde oscura, de nubes sombreadas por el vientre, plata y blanco entremezclados junto a lentas fisuras que lo mismo traen agua que luz. Paseo por el Muro mientras el viento riza las aguas plomizas, como de mina de lápiz, y demoro el regreso a casa pese a la amenaza de lluvia. En realidad, la lluvia está como flotando en el aire, pero tal vez sólo sea el salpicar de las olas o el temblar de los charcos que se forman sin sentir bajo la barandilla. No quiero volver tan pronto. Tampoco quiero pararme aquí, entre gentes que no conozco y que esta tarde, por alguna razón, no siento inofensivas. Como todo se mueve, yo también quiero moverme. Estar de paso a cada instante. Caminar, dejando que todo camine en otra dirección mientras miro. Es como si cada cosa huyera de la vecina, o jugara a evitarla unos instantes bajo la dirección incontenible del viento. Y entonces caigo en la cuenta: estamos como niños que esperan oír de un momento a otro la voz de su maestro, que juegan con ímpetu creciente y hasta con rabia porque saben que el recreo no puede durar mucho más. Poco importa si termina lloviendo. O si toda la ligereza de mis pasos no logra corregir, por más que lo pretenda, el espesor inquieto de la sangre, como si llevara una dosis concluyente de este mar aquí dentro.
.

sábado, agosto 20, 2011

avisos


Una cosa menos, sí. Pero si con el tiempo no se vuelve una cosa más, mal asunto.



No desistas tan pronto de tu rabia. Deja que cumpla su tarea, que agoste lentamente y en secreto las raíces del edificio hasta hacerlo hundirse por su centro. Derrumbe, demolición… Si sobrevives, será como un gato que huele la caída segura y escapa casi a rastras por un lateral, maullando brevemente. Esa agilidad, al menos.

viernes, agosto 19, 2011

regreso


Es curioso cómo me dejo llevar por la inercia de cada etapa. El silencio llama al silencio, pero esta bitácora lleva abandonada demasiado tiempo y es preciso recuperar la tensión perdida. Tengo los dedos oxidados y la mente cubierta por una fina capa de arena (¿o era al revés?), así que toca incorporarse y echar a correr de nuevo por esta playa virtual…

Entretanto, algunos amigos han tenido la gentileza de sacar a mis perros de paseo: así Miguel Ángel Lama en su bitácora Pura tura, y el poeta José Luis Zerón Huguet en el diario digital Minuto cero. Tanto como su generosidad, me conmueve la cercanía cómplice desde la que leen el libro: esa capacidad para saber de dónde viene el impulso de escritura, qué la mueve. Una vez más, gracias.

Si nada lo impide, esta bitácora recupera desde hoy mismo su ritmo habitual. Se avecinan rutinas mucho menos agradables y hay que estar bien pertrechado de palabras y compañías reparadoras. Cuento, eso sí, con que el sol de verano siga acompañándonos muchos días…
.

viernes, julio 15, 2011

hasta agosto


Han pasado quince días desde mi última entrada y debo reconocer que es poco lo que puedo aportar a esta bitácora a estas alturas de curso. Ha sido un año muy intenso y está uno cansado, rendido casi, con la sensación de haber cerrado un pequeño ciclo después de la publicación de Perros en la playa. Y, aunque hace ya casi diez años que abandoné la docencia, mi cuerpo y mi mente siguen todavía el ritmo del curso escolar. Llega julio y parece que todo lo importante puede esperar unas semanas para reactivarse. Así que me despido hasta finales de mes. Esta bitácora se abrirá de nuevo a comienzos de agosto, después de una necesaria y merecida tregua de al menos quince días.

Entretanto, os dejo con uno de mis poemas favoritos de Yeats, uno de los pocos que escribió en la década de 1900-10 y que anuncia su estilo de madurez, y también con la generosa y atenta reseña de Perros en la playa que el escritor Tomás Sánchez Santiago publicó el pasado sábado 9 de julio en el suplemento literario de El Norte de Castilla. No está en la red, así que es preciso pulsar dos veces en la imagen para que aparezca a un tamaño que permita su lectura. Un texto que, más acá de los elogios, resulta modélico por su atención al detalle y su complicidad, su voluntad para entender que ha originado un libro, cuál es el territorio en el que quiere insertarse. No en vano Tomás publicó hace años Para qué sirven los charcos (Del Oeste Ediciones, 1999), libro en el que percibo una sensibilidad –una respiración, un estar en el mundo y en la palabra– muy cercana a la de mi libro. Leedlo si tenéis ocasión; no os arrepentiréis.

Gracias a todos por vuestra compañía y vuestra lectura a lo largo del curso. Os deseo lo mejor para el verano. Nos vemos a la vuelta.




w. b. yeats

la maldición de adán

Estábamos sentados, un día de finales de verano,
aquella dulce y bella mujer, tu amiga íntima,
y tú y yo, hablando de poesía.
«Un solo verso puede llevarnos horas –dije–,
pero si no parece algo pensado en un instante
todo nuestro coser y descoser es en vano.
Mejor arrodillarse sobre la médula del hueso
y fregar suelos de cocina o picar piedra
como un viejo indigente, a la intemperie;
pues dedicarse a articular dulces sonidos
es trabajar más duro que ellos, y sin embargo
ser tildado de vago por la ruidosa camarilla
de clérigos, maestros y banqueros
que los mártires llaman mundo.»

..........................................Y entonces
aquella bella y dulce mujer por cuya causa
muchos descubrirán la angustia del amor
cuando escuchen su voz discreta y dulce
replicó: «Ser mujer es saber
–aunque en la escuela nadie nos lo diga–
que hemos de trabajar para estar bellas».

«Es verdad –respondí– que no hay cosa admirable
desde la caída de Adán que no requiera un gran esfuerzo.
Recuerdo amantes convencidos de que el amor
debía ser tal muestra de alta cortesía
que suspiraban y citaban con semblante estudioso
precedentes tomados de viejos y hermosos volúmenes;
aunque ahora esa labor parezca más bien vana.»

La mención al amor nos sumió en el silencio;
vimos morir los últimos rescoldos de la tarde,
y en el aguamarina temblorosa del cielo
una luna, gastada como una concha que lavara
la marea del tiempo cuando fluye entre las estrellas
y rompe luego en días y años.

Me invadió un pensamiento que sólo tú debías escuchar:
que eras hermosa, y que yo me esforzaba
por amarte en la antigua y noble doctrina del amor;
que alegre había parecido todo, y aún así nuestros corazones
estaban tan exhaustos como aquella luna vacía.


Trad. J. D.

El original, aquí.
.

jueves, junio 30, 2011

john burnside / poema ocasional

.

Charity Graepel, dos meses de edad

Antes de que los nombres de las cosas
se adentren en su mente,
no hay más que una secuencia de ecos:
el pelo color óxido y los ojos acuosos,
el ángulo y pivote de los huesos
bajo la piel oscura y blanda,

y ella habita otro estado
donde somos fluidos e indistintos,
caprichos de sonido y alimento
que se encienden y apagan,

y lo que sabe de los perros,
o de la luz, o el agua, es un misterio a nuestros ojos,
que los hemos nombrado y extraviado,
verdad resuelta en la gramática
que viste y mina nuestro pensamiento
y oscurece su asombro ante éste, el imposible mundo.




Revisando pruebas de la amplia antología del escocés John Burnside (1955) que he preparado para la editorial Pre-Textos, y que debería ver la luz este próximo otoño con el título de Conjeturas y esperanza, me doy cuenta de que nunca he colgado este poema, uno de los que más me gustan de su primera etapa. Una pieza breve que encarna todas las virtudes de su escritura: precisión y misterio, fluidez y elipsis, y una mirada curiosa y alerta, llena de delicadeza, hacia las cosas del mundo. También una concepción ambivalente de la palabra, que viste y mina nuestro pensamiento, sí, pero que también es capaz de concebir o conjeturar el asombro rotundo, absoluto, con que siente su entorno una niña de dos meses.
.

lunes, junio 27, 2011

ya

.

Cuando sus ojos no logran ponerse de acuerdo y hasta recelan el uno del otro, es hora de ponerse a pensar.
.
.

viernes, junio 24, 2011

perros, dentro

.

El poeta Óscar Curieses ha tenido la gentileza hospitalaria de entrevistarme en su bitácora, Dentro (titulada como su espléndido poemario, publicado hace poco más de un año en Bartleby Editores). Hablamos básicamente de Perros en la playa y el resultado puede leerse aquí. Preguntas y respuestas que terminan, al cabo, en una pequeña confesión. Un detalle trivial, quizá, pero al que no hubiera llegado sin todo el intercambio anterior, como cuando escribimos un poema.
.

miércoles, junio 22, 2011

oasis

.
El agua de los barrenderos, oscura y lenguaraz sobre la calle recocida. Un alivio, una tregua en el aire. Umbría. Pensar en la palabra y sentir cómo prende en la piel, cómo lava los ojos. La sangre es verdinegra. La sangre es clara como el agua que sube del asfalto y prolonga la noche. Si no sabes adónde vas, cualquier camino es bueno. Si no sabes. Una esponja contra la cara. Mangueras manirrotas, una voz que interpela sin esperar respuesta. El santo y seña de la madrugada.
.

lunes, junio 20, 2011

dejeuner sur l'herbe


Está leyendo, recostado en la hierba. Con los pies toca el verde, la sábana de sombra. El arco de la espalda, la mano bizca. Dónde tiene los ojos, no lo sabe.
.

viernes, junio 17, 2011

keith douglas / cómo matar

.
Bajo el arco de una pelota,
niño que se convierte en hombre,
escruté el aire largo tiempo.
La pelota cayó en mi mano
y cantó en el puño cerrado: Abre ábrelo
ten este obsequio hecho para matar.

Ahora en mi disco de cristal emerge
el soldado que debe perecer.
Sonríe, y se desplaza con modales
que su madre conoce, hábitos suyos.
Los radios tocan sus facciones: Grito
AHORA. La muerte, igual que un familiar,

oye y mira, ha hecho un hombre de polvo
de un hombre de carne. Esta alquimia
practico. Condenado como estoy, me distrae
ver difundirse el centro del amor
y las ondas de amor viajar hacia el vacío.
Qué sencillo es hacer un fantasma.

El mosquito ingrávido toca
su pequeña sombra en la piedra
y con qué semejante, qué infinita
ligereza, hombre y sombra se encuentran.
Se funden. Una sombra es un hombre
cuando el mosquito de la muerte se aproxima.


Túnez-El Cairo, 1943


trad. J. D.



Hay individuos que parecen hechos de otra pasta, y Keith Douglas (1920-1944) es sin duda una de ellos. Cuando murió a los veinticuatro años cerca de Bayeux, tres días después del desembarco de Normandía, ya había escrito los mejores poemas bélicos de su generación, además de un curioso libro, Alamein to Zem-Zem, en el que registró con dibujos y anotaciones volanderas sus experiencias de la campaña del norte de África, donde estuvo destacado cerca de dos años y medio. Antes incluso de partir al frente, sus poemas habían impresionado a Eliot y también a su tutor en Oxford, Edmund Blunden, y se había hecho notar por su personalidad algo anárquica y displicente (cuando no abiertamente desvergonzada, un poco al modo del famoso Stalky de Kipling) en las distintas escuelas y colegios (Christ’s Hospital, Merton College en Oxford) por donde había pasado.

A su muerte, la obra de Douglas cayó ligeramente en el olvido hasta que veinte años más tarde, en 1964, Ted Hughes la reivindicó con una célebre antología que no ha dejado de reeditarse desde entonces. Lo que Hughes venía a decir es que ningún otro poeta había examinado la guerra con el ojo analítico de Douglas en sus mejores páginas. La capacidad para entender y aceptar y describir con precisión la lógica de la guerra, su mezcla de piedad y realismo, el rigor de una palabra justa que sin embargo no reniega del vuelo metafórico y cierto humor amargo, son todos rasgos de los poemas africanos de Douglas, como este «Cómo matar» que, si no me equivoco, tradujo hace cosa de veinte años Javier Marías para la revista asturiana Reloj de arena.

Estamos lejos de la poesía desgarrada y hasta tremendista de un Wilfred Owen, quizá la gran figura entre los War Poets de la Primera Guerra Mundial. Como dice el poeta George McBeth, «su nota característica es un interés sofisticado y distante en la violencia y el horror de la guerra». El propio Douglas escribió en la introducción a su libro Alamein to Zem-Zem que había «vivido las batallas del desierto como un niño una función de circo». Pero Douglas no es un poeta frío: hay compasión en sus poemas, también por sí mismo, por lo que el conflicto ha hecho a su persona («Condenado como estoy»), pero no deja nunca que la compasión perturbe o difumine su lucidez, la perspicacia con que observa la extraña pero compacta lógica de la guerra. «Qué sencillo es hacer un fantasma», concluye, qué fácil es matar, hasta qué punto la sofisticada precisión de las armas modernas permite asesinar a distancia, con simple desapego. Ese desdoblamiento del civil en soldado, su coexistencia en un mismo cuerpo, un mismo tiempo y espacio, y la facilidad con que el yo va de uno a otro, es quizá el gran asunto de los poemas últimos de Douglas.

El original, aquí.



.

miércoles, junio 15, 2011

noche, memoria, ruina

.

La edad no parece hacer mella en José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926), quien a sus ochenta y cuatro años mantiene un ritmo envidiable de actividad pública y editorial. Recién publicada una antología de sus poemas nocturnos y de tema marino (Ruido de muchas aguas, Visor, 2011), acaba de cerrar nuevo libro, un largo poema autobiográfico en versículos que supone un quiebro formal innegable con respecto a títulos anteriores. Un libro que él mismo contempla «lleno de una energía [...] que me rejuvenece», la misma que se aprecia o transparenta en la forma con que sale a recibirnos y nos acompaña hasta un extremo del salón familiar, atestado de libros –y alguna que otra maqueta de barco– y sin embargo espacioso, habitable. Hay en sus maneras una mezcla de reserva, simpatía y curiosidad astuta que otorga a cada frase un raro énfasis, la curva de una entonación que atiende a los engarces pero cuida también el conjunto, su equilibrio interno. No hay cansancio, la atención no decae, y hasta el final se percibe el trabajo de una mente alerta, que ha preparado sus respuestas pero no se resiste a improvisar sobre la marcha. Como en sus poemas, se percibe aquí «la vigilante / sed de vivir de mi palabra»…

En un breve poema de Descrédito del héroe (1977), «Del diario de Kafka», define la escritura como «metódica / copia de mi agresividad / contra mí mismo». Resulta una definición enigmática, cuanto menos: la creación como un espacio de violencia y heridas autoinfligidas. ¿Hasta qué punto le sigue pareciendo válida esta afirmación?

Lo que pasa con los poemas es que la experiencia que los motivó se te va olvidando un poco con el tiempo. En estos versos, en concreto, creo que se manifiesta cierta impotencia, una incapacidad para sacar a flote un determinado proyecto poético; hay una agresividad contra mí mismo, quizá por esa cortina que se interpone entre el pensamiento y la escritura. Por otro lado, también creo que la poesía tiene algo de violencia contra uno mismo, contra la propia intimidad, porque estás forzando unas actitudes y un mecanismo mental que a lo mejor no tienes normalmente. Hay ahí una violencia, desde luego. Pero aquí yo creo que es simplemente por la impotencia, por la imposibilidad de escribir. […] [seguir leyendo]

&

Así comienza la entrevista que le hice a José Manuel Caballero Bonald a comienzos de año y que sale ahora publicada en el último número de la revista Minerva, el 17 ya (de su segunda etapa). Un encuentro (para mí memorable) en el que abordamos tanto su poesía como su trabajo de memorialista, y en el que se deslizaron también algunas de esas ironías llenas de mordiente a las que nos tiene acostumbrados. Como guinda del pastel, un adelanto de su nuevo libro, un fragmento inédito de un extenso poema en versículos en el que ha trabajado hasta hace pocos meses.

El resto del número, en el que destacan entrevistas a Peter Eisenman, Donald Kuspit y José María Sánchez-Verdú así como un estupendo dossier sobre Walter Benjamin, puede leerse aquí.


.

domingo, junio 12, 2011

convergencias 4

.

charles tomlinson

las pisadas del ciervo

................… Las pisadas del ciervo
que anoche se adentró por el jardín
cesan al pie del manzano sin fruto,
perfilado en la escarcha rutilante
que sentimos al filo de toda conjetura:
el ciervo que no está fulge con su presencia
de cosa percibida, substancial pero ausente.


trad. J. D.
(el original,
aquí)



Este poema me sorprendió, pues expresa exactamente el mismo pensamiento que un poema de Ritsos que yo había traducido hace poco y que se llama «Forma de la ausencia». Es notable que dos poetas, ignorándose, y con imágenes completamente diferentes, logren trasmitir la misma sensación. En el de Ritsos, el poeta se refiere a un gran jarrón que estaba en el rincón de una habitación, que tuvo que ser vendido en «horas difíciles» y cuya ausencia tiene, misteriosamente, una «presencia» tan fuerte que hasta parece cambiar el color de la pared en ese rincón. Y termina diciendo que, a veces, al atardecer, cuando todos están conversando alrededor de la mesa y se hace un silencio, se escucha un sonido «amargo y doloroso», como si alguien hubiera golpeado con un dedo «el invisible vaso cristalino».

(fragmento de una carta de Circe Maia)



yannis ritsos

forma de la ausencia

Lo que se fue se queda aquí, enraizado,
en el mismo lugar, callado y triste
como un jarrón vendido en horas difíciles

y en el rincón del cuarto, donde estaba,
queda el vacío denso, con idéntica forma,
y resplandece, diáfano,
a contraluz, cuando abren las ventanas

y dentro del jarrón, que cambió sus sustancia
por la misma medida de oquedad cristalina
queda otra vez el mismo hueco
con una resonancia algo más dolorosa.

Por detrás del jarrón la pared se distingue:
su color más sombrío, más hondo, más de sueño…

Y a veces, en la noche, en hora silenciosa,
o también en el día, entre conversaciones,
oyes dentro de ti como un sonido agudo
amargo y agitado
como un dedo invisible, que golpeara
aquel ausente vaso cristalino.


trad. Circe Maia
.