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sábado, abril 04, 2020

cuaderno del encierro / 16

sábado, 4 de abril

Esta frase del poeta Alejandro Krawietz. Se la leí a principios de año en un grupo de WhatsApp de escritores canarios amigos (soy el único no insular del grupo, y confieso que la distinción me enorgullece tontamente) y no he dejado de tenerla en la cabeza desde entonces: «Mejor no hacer nada que hacer nada».


Hablo por teléfono con mi madre, que está en Gijón, a casi quinientos kilómetros de aquí. Vive sola, pero siempre ha sido una mujer autónoma y con recursos, así que por ese lado estoy tranquilo. Lo que más echa de menos, me dice, es ver el mar. Y eso que el paseo marítimo, el Muro, está exactamente a dos manzanas de distancia. Acostumbrada a pasear junto a la playa todos los días –o, mejor dicho, a dar largas caminatas con paso marcial–, esa presencia tantálica la abruma. Lo comenta con una mezcla de tristeza y de resignación. Tan cerca y tan lejos. Y pienso en los vecinos de su barrio que están en la situación contraria, los que viven frente al mar y lo tienen todos los días ante su vista, subiendo y bajando, cambiando de color según la luz y la hora, respirando con sus maneras de gran cetáceo. ¿Puede alguien cansarse de ver el mar? Alguno habrá, estoy seguro. Y, sin embargo, ese horizonte dilatado es justo lo que nos hace falta en estos momentos. No perder la mirada de largo alcance. No abdicar de la profundidad de campo.


Salgo al balcón a media tarde y me sorprende un murmullo apretado, como de agua que corre entre piedras. Es el viento en los árboles.


Normalidad, sí. Normalidad y buen humor. Paciencia y disciplina. Lo que no impide que algunos amigos confiesen temores e inquietudes, malos sueños, momentos de decaimiento… No siempre podemos impedir que la mente se oville sobre mí misma o se adorne con las espinas de la culpa. Y hace días, pensando en ellos, leyendo sus mensajes de WhatsApp –pensando también en mí mismo–, me vi traduciendo este breve poema del irlandés Derek Mahon (Belfast 1941). Lleva por título «Everything Is Going to Be All Right» («Todo va a salir bien»), y parece que Mahon lo escribió en un paréntesis de su tratamiento oncológico. El poema –uno de los más accesibles de su autor– tiene ya algunos años, pero estos días, por razones obvias, ha vuelto a cobrar actualidad. Mi versión es solo un tanteo, un primer intento, y quien lea el original inglés sabrá por qué. Me gusta sobre todo esa reiteración obsesiva del cuarto verso, «There will be dying, there will be dying» –un instante de debilidad, tal vez, pero también de aceptación lúcida–, que rápidamente se acalla con un hábil: «pero no hablemos de eso ahora». Y entonces el poema da con su «manantial oculto». Mahon habla del presente, de esto que ocurre ahora, dentro o fuera de nosotros, para acabar diciendo, fuera penas, alegrémonos de ver el sol, qué más da el futuro si el futuro no existe. Son solo doce versos, pero alivian y acompañan como el mejor fármaco:

¿Por qué no va a alegrarme contemplar
las nubes despejándose detrás de la lucerna
y la marea alta reflejada en el techo?
Habrá muerte, habrá muerte,
pero no hablemos de eso ahora.
Los poemas afloran de la mano sin trabas
y el manantial oculto es el corazón atento.
El sol sigue saliendo pese a todo
y relumbran hermosas las ciudades lejanas.
Tumbado aquí, bajo el motín del sol,
veo nacer el día y las nubes perderse.
Todo va a salir bien.