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sábado, abril 30, 2022

desde inglaterra

Dos años y medio después de su publicación en Inglaterra bajo el título We Were Not There (trad. Lawrence Schimel, Shearsman, 2019), la edición inglesa de No estábamos allí es reseñada por el poeta y crítico Brian Morton en el número más reciente, el 264, de la revista Poetry Nation Review.

 

PN Review, fundada en 1973 por el poeta y crítico Michael Schmidt, es junto con Agenda la decana de las publicaciones poéticas en las islas. El índice de este nuevo número se puede consultar aquí.

 

 



 

 


 

jueves, junio 11, 2020

jericho brown / versos como balas


No me pegaré un tiro
en la sien, ni me pegaré un tiro
por la espalda, ni me ahorcaré
con una bolsa de basura, y si lo hago,
te prometo que no será
en un coche de policía con las esposas puestas
ni en la celda de la comisaría de algún pueblo
cuyo nombre conozco solamente
por tener que atravesarlo
para volver a casa. Sí, puede que corra peligro,
pero te lo prometo, confío en que los gusanos
que viven debajo de los tablones
de mi casa harán lo que tienen que hacer
al cadáver de un animal más de lo que confío
en que un agente de la ley del país
me cierre los ojos como haría
un buen cristiano, o me cubra con una sábana
tan limpia que hasta mi madre
me arroparía con ella. Cuando me mate, lo haré
como la mayoría de los americanos,
te lo prometo: con humo de tabaco
o atragantándome con un trozo de carne
o tan arruinado que me congelaré
en uno de esos inviernos que insistimos
en llamar el peor. Te prometo que si oyes
que he muerto cerca de algún
policía, entonces es que ese policía me mató. Me arrancó
de nosotros y abandonó mi cuerpo, que es,
no importa lo que nos hayan enseñado,
más grande que la indemnización
que una ciudad ofrece para que una madre deje de llorar,
y más hermoso que la bala reluciente
extraída de los pliegues de mi cerebro.

el original, aquí.




Llevaba un tiempo queriendo traducir y compartir este poema de Jericho Brown (Luisiana, 1976), «Bullet Points», que leí hace semanas, justo cuando se anunció que su tercer libro, The Tradition, había ganado el premio Pulitzer de poesía en su última edición (el ganador en 2019, por cierto, fue Forrest Gander, gran traductor de nuestra poesía, por su libro Be With). Luego vino el asesinato de George Floyd a manos de la policía en Minneapolis y todo se aceleró de repente. El español –o mi español, al menos– nunca podrá recrear la frescura y la agilidad de la lengua conversacional de Brown, pero con la ayuda de mi buen amigo el escritor y traductor Lawrence Schimel creo que la cosa no anda muy descaminada. Hay un Vimeo un clip del poeta leyendo «Bullet Points» en público, y esa lectura es como un blues rapeado, con una respiración lenta y arrastrada que constrasta, en parte, con el ritmo vivo de las anáforas y la sintaxis.

El propio Brown, hablando de este poema, ha dicho que «no surgió de un impulso de protesta. Es un poema que hace de un sentimiento de desesperación que surge, a su vez, de una circunstancia de mi vida. No quiero que nadie diga que me suicidé si alguna vez soy detenido por la policía».

El título original, por cierto, es un juego de palabras bastante intraducible. Hemos mantenido la referencia a las «balas» porque es el elemento importante de la expresión original, «Bullet points», literalmente: «puntos de bala», pero en realidad «puntos de una lista, de un listado». Pero también podría traducirse, tal vez, como «Verdades como balas» o «Versos a bocajarro». El jurado sigue reunido.

lunes, noviembre 12, 2018

lección de interferencia





Una de esas lecturas juveniles por las que sigo teniendo un cariño especial es El tapiz de Malacia, de Brian W. Aldiss, que leí en la vieja edición de tapa dura de Minotauro (la hoja de respeto sigue teniendo las marcas a lápiz de Tina, la responsable de la librería Universal de Gijón, que soportaba mis visitas interminables con paciencia socarrona: dice ahí que el libro llegó a la tienda el 17 de diciembre de 1984 y que yo lo compré exactamente dos meses después, el 17 de febrero de 1985, por mil doscientas pesetas, unos siete euros y medio, toda una fortuna para el muchacho de diecisiete años que era entonces). Aldiss es uno de los maestros de la ciencia ficción clásica gracias en especial a la trilogía de Heliconia, pero The Malacia Tapestry, publicada originalmente en 1977, fue una anomalía en su carrera: una novela picaresca con ribetes fantásticos y situada en un trasunto de la Venecia renacentista (la Malacia del título, aunque en esas sílabas también alienta el recuerdo del viejo emporio comercial de Malaca), una ciudad-estado cuyos habitantes descienden de los dinosaurios y en la que toda forma de cambio está prohibida. Un breve paseo por la red me hace pensar que no estoy solo en mi devoción: son muchos los que recuerdan con placer su mezcla de ironía, desenfado y erotismo, y sobre todo la precisión y la riqueza de su estilo. Más allá de los guetos genéricos, Aldiss era un escritor y prosista admirable que bebía lo mismo de la novela popular (Mary Shelley, Dickens, H.G. Wells) que de la modernidad rutilante de Yeats o Virginia Woolf, por no hablar de los Inklings de su Oxford natal.




El caso es que la novela va encabezada por un breve poema que recuerdo a la perfección porque fue uno de mis primeros «descubrimientos» líricos. Son versos que Aldiss dedica a su mujer, Margaret Christie Manson, y en la versión de Manuel Figueroa –el traductor del libro– dicen así:

el tiempo bajo un amanecer
de cristal, y nubes de polen
que cruzan el océano verde

tú eres mi sueño
verde sueño de existencia
frágil pero perdurable

Años después, cuando leí los poemas imagistas de Pound o H.D., entendí mi fascinación adolescente por estos versos: brevedad, condensación, la capacidad para tomar un instante de percepción (una visión del mundo natural) y convertirlo en emblema, ese lirismo asordinado de la segunda estrofa, con la repetición de un «sueño [...] / frágil pero perdurable» que da la medida exacta de nuestro existir... La huella de esta lectura revivió al cabo de veinticinco años y se coló en mi poema «Una vida», concretamente en su punto 17, en el que inserté esos tres versos finales en forma de homenaje privado... pero también con la certeza de que me ayudaban a concretar, o mejor a enriquecer, el sentido del conjunto:

17. Nubes de polen a la luz oblicua de la tarde. Un aire sutil mueve las acacias y despierta retinas, vislumbres, lujurias tardías. Tú eres mi sueño, verde sueño de existencia, frágil pero perdurable.

El caso es que ahora, cuando el escritor y traductor Lawrence Schimel está embarcado en la tarea de traducir No estábamos allí al inglés, he vuelto sobre la novela de Aldiss para encontrar el texto original de esos versos y citarlos tal cual en la traducción. Y ahí es donde me he llevado una sorpresa (no diré «mayúscula», pero casi), pues resulta que el poema original de Aldiss no tiene mucho que ver –nada, en rigor– con la versión que yo había leído todos estos años. Veamos:

time under prisms
dawn and pollen clouds afloat
presaging changes

you are the glimpsed light
in my smokey existence
frail but enduring

Que podría traducirse más o menos así:

el tiempo bajo prismas
amanecer, y nubes de polen suspendido
que presagian cambios

tú eres la luz entrevista
en mi nublada existencia
frágil pero perdurable

Sólo un verso, el último, coincide con la versión de Figueroa. Nada de «sueño» en el poema de Aldiss, ningún «océano verde», ningún «verde sueño de existencia»... Se me ocurrió que quizá el traductor había partido de una versión primera o primitiva del poema que luego, en ediciones posteriores, Aldiss habría reescrito, pero Google Books me ha permitido acceder a la primera edición británica de la novela y ahí el poema aparece tal cual, sin cambios. Aldiss nunca lo modificó.

De manera que llego a la conclusión de que ese poema que tanto me gustó hace treinta y tres años (una edad significativa) es obra, en realidad, de su traductor, Manuel Figueroa, que se inspiró en los versos de Aldiss para crear su propio emblema verbal. Lo hizo traicionando el engarce de los versos con la novela, pues esas «nubes de polen / que presagian cambios» son una referencia indudable al tiempo detenido de Malacia, la ciudad inalterable donde toda novedad está prohibida, pero siendo quizá fiel al germen imagista del original: el contraste luz/nublado de la segunda estrofa se resuelve en su versión en un contraste mucho más nítido y luminoso, más concreto (que hubiera hecho, me parece, las delicias de Pound o de Charles Tomlinson): nubes de polen sobre un océano verde...

No hay moraleja en esta historia, salvo tal vez para recordar –de nuevo– que nuestro aprendizaje y nuestro historial de lecturas están llenos de malentendidos y confusiones, de interferencias... Nada es del color con que lo pintan, literalmente: lo que era «verde» se revela, en realidad, «nublado» y hasta «humeante» (el otro sentido de la palabra «smokey»). Manuel Figueroa es uno de los traductores más notables y prolíficos de la literatura fantástica y de ciencia-ficción, gracias entre otros motivos a su larga asociación con Minotauro (suya es, por ejemplo, la traducción clásica de El hobbit de Tolkien). Pero está claro, al menos por este ejemplo, que había en él un poeta secreto con ganas de hacerse ver. Y que –por improbable que fuera– encontró un lector receptivo en ese muchacho de Gijón que lo ignoraba todo sobre su futuro, y mucho menos que terminaría haciendo versos. Ahora toca traducir esa segunda estrofa de Aldiss-Figueroa al mismo idioma inglés del que decía provenir. El juego de las metamorfosis sigue su curso.

miércoles, junio 26, 2013

agenda / 2





Lo anuncié hace dos o tres semanas, y lo cumplo ahora. Es hora de colgar la traducción de mi poema «Sin título» que Lawrence Schimel hizo el año pasado y que la revista inglesa Agenda acaba de publicar en su número más reciente, el 47. Lawrence ha hecho un trabajo espléndido y leo el poema como si lo hubiera escrito otro; en realidad, es así.

Recibí la revista hace algunos días y, como siempre, me asombra la riqueza y variedad de su índice. También la sobriedad casi espartana del diseño: formato libro, un poema por página, ensayos y reseñas a palo seco, todo impreso a una tinta, con una tipografía clara y legible, en un sencillo papel offset. Nada de lujos asiáticos ni formatos imposibles. Allí ya saben lo que es la austeridad en cultura desde hace años (y no siempre para bien, todo hay que decirlo). Agenda vive de las suscripciones de sus lectores y de una pequeña partida de dinero del Arts Council que no conviene derrochar, porque de ella depende la supervivencia de la revista. Acostumbrado a los hermosos y cuidados diseños de algunas revistas españolas, la parquedad (la pobreza, casi) de Agenda impresiona. Pero uno empieza a leer y pronto se olvida de estos detalles; lo importante, una vez más, es la poesía, la calidad y fuerza del pensamiento, y en Agenda la poesía –pensada, escrita, vivida– es el centro imperioso de la revista desde la página uno.