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martes, octubre 07, 2014

coleridge y españa





A diferencia de su amigo Robert Southey, quien mostró desde joven un enorme interés por todo lo relacionado con la historia y la literatura hispánicas –no sólo escribió, por ejemplo, unas lúcidas Cartas desde España en 1797, fruto de su temprano viaje por la península, sino que llegó al extremo de asumir la máscara de un viajero español, Don Manuel Alvarez Espriella, para hacer el ejercicio contrario, esto es publicar unas Cartas desde Inglaterra que siguen siendo una guía fiable para entender las maneras y costumbres de la sociedad inglesa de su tiempo; sin olvidar sus recreaciones literarias de episodios de nuestra historia, ejemplos de un romanticismo bastante superficial que le valieron un puesto en la Real Academia Española de la Historia–; a diferencia de Southey, digo, Coleridge no parece haber sentido un gran apego por la cultura española. Leyendo un poco a saltos Specimens of the Table Talk of Samuel Taylor Coleridge, el libro en el que su sobrino Henry Coleridge recogió «muestras» de la charla de quien, según todos los testimonios, fue un conversador memorable (aunque bastante adepto a monologar y dar la tabarra a sus contertulios), me encuentro aquí y allá con referencias poco halagüeñas al carácter español. Son apenas media docena de citas en un libro de casi cuatrocientas páginas, pero bastan para hacerse una idea. Dejante aparte su breve apunte sobre Don Quijote, da la impresión de que España se le aparecía al autor de «Kubla Khan» como un país de «cerrado y sacristía», una reserva de superstición y dogmatismo religioso. En realidad, como se verá, cualquier comentario por mi parte es redundante: las citas hablan por sí solas.

Uno se pregunta, por lo demás, si Coleridge trató a muchos españoles en vida. Desde luego, en el Londres de la década de 1820 abundaban los exiliados liberales, y algunos de ellos frecuentaron círculos próximos al poeta. Pero sólo tenemos constancia de su amistad con Blanco White –que no era precisamente amigo de los liberales, con quien mantuvo correspondencia y cuyos trabajos siguió atentamente (fue Coleridge, de hecho, quien publicó una primera versión del poema de Blanco White «Night and Death», que elogió literalmente como uno de los mejores sonetos de la lengua inglesa). Fue una relación significativa y sin duda los artículos y cartas de Blanco White influyeron en la visión «española» de Coleridge, pero tampoco conviene exagerar. Al fin y al cabo, ni contamos con las cartas que el español envió al poeta en su residencia de Highgate, ni su nombre aparece citado en los diarios y trabajos en prosa que Coleridge redactó en la segunda mitad de su vida, y mucho menos en este «table talk» lleno de curiosidades.

He ordenado las seis citas por orden de relevancia, empezando por una reflexión en la que Coleridge, justamente, toma distancia del hispanófilo Southey, y que es tal vez la más perspicaz de todas. Buena lectura.



26 de junio de 1831

La Historia de Southey se inclina del lado correcto y comienza donde debe; pero siente demasiado apego personal por los españoles y, al poner de manifiesto su carácter nacional y darle la prominencia que merece, no expresa, a mi juicio, la verdad con claridad suficiente: que el carácter nacional de los españoles no se asentó sobre ningún cimiento justo de buen gobierno o de leyes sabias, sino que fue, de hecho, poco más que un sentimiento de antipatía arraigada hacia todos los extranjeros como tales.

En este sentido, toda cosa en España es nacional. Hasta su presunta religión católica, en la mente de un español genuino, es exclusivamente española; nunca verá las profesiones de fe de franceses o italianos a la misma luz que la suya propia.

 

23 de abril de 1832

El genio del pueblo español es exquisitamente sutil pero carece por completo de finura; de ahí que haya tanto humor y tan poco ingenio en su tradición literaria. El genio de los italianos, por el contrario, es fino, profundo y sensual, pero no sutil; de ahí que confundan lo humorístico con lo meramente ingenioso.

 

11 de agosto de 1832 

Don Quijote no es un hombre que haya perdido el juicio, sino un hombre en quien la imaginación y la razón pura son tan poderosas que acaba desdeñando el testimonio de los sentidos cuando se opone a las conclusiones de aquéllas. Sancho es el sentido común del hombre-animal social, inculto y no bendecido por la razón. Vemos cómo venera a su amo al tiempo mismo que lo engaña.

 

25 de julio de 1831 

La superstición del campesinado y las clases bajas en general en Malta, Sicilia e Italia excede el marco de la fe común. Se diferencia de la superstición en España, que no es sino fanatismo celoso, con un pie en su catolicismo y el ojo puesto siempre en la herejía. La superstición popular de Italia es hija del clima, las viejas asociaciones, las maneras y los nombres mismos de los lugares. Es puro paganismo, libre de cualquier sentimiento de inquietud en cuanto a la ortodoxia o de animosidad hacia los heréticos. Así pues, es mucho más simpática y agradable para la sensibilidad del viajero –y en todo indistinta, desde luego, de la religión verdadera de Nuestro Señor– que la sombría idolatría de los españoles.

 

18 de abril de 1833 

¡Qué profunda es la herida que inflige a la moral y la pureza social ese maldito artículo del celibato del clero! Hasta los hombres mejores y más ilustrados de los países románicos adscriben una noción de impureza al matrimonio de un clérigo. ¿Y puede tal sentimiento no afectar a la estimación de la vida matrimonial en general? ¡Imposible! Y la moral de ambos sexos en España, Italia, Francia, etc. lo demuestra profusamente.

 

29 de diciembre de 1822 

No debe concebirse a Otelo como un hombre de raza negra, sino como un gran caudillo, un caballero moro. Shakespeare tomó el espíritu del personaje de la poesía española, que entonces era predominante en Inglaterra. […]



jueves, diciembre 20, 2012

de sueños que sueñan



El confort, 1995. Acrílico sobre lienzo, 200 x 200 cm.


Divertimento para el pintor Pelayo Ortega

Pelayo Ortega pintó su justamente famoso cuadro El confort en los primeros meses del año 1995. El cuadro –del que no abundan, por cierto, las reproducciones– tiene una historia que lo diferencia de otros pintados por aquel tiempo y que merece ser contada sin más demora, como epílogo a nuestro encuentro con él.

El cuadro nos devuelve como protagonista de su historia a un resucitado Fernando Pessoa: pero no el Pessoa que todos conocemos o creemos conocer, crepuscular y huraño, perdido entre los muelles y la garúa lenta del anochecer, embaulado para la posteridad, conversando en silencio con fantasmas que iluminan su regreso a casa. En este cuadro, el Pessoa de Ortega parece un maduro inglés aristocrático, un ocioso inglés retirado como los que Hergé hubiera imaginado para Tintín: sabio experto en ideogramas chinos, tal vez, o aventurero ocasional en las selvas birmanas. Un Pessoa libre al fin de fantasmas, seguro de sí mismo, que trueca su abrigo raído por la comodidad (el confort, dice Ortega, con afortunado anglicismo) de unas zapatillas verdes y un jersey de cuello alto: un jersey Jorge Chávez, como lo llaman en Perú, donde tuvo la suerte de acompañar a Tintín en una larga expedición andina que casi acaba con su vida.

Ahora, sin embargo, descansa: lee, fuma en pipa y, con la mano derecha, la que tiene libre, se entretiene acariciando a Reis, su gato birmano, regalo del cónsul inglés en uno de sus primeros viajes a la selva. Es de noche. La figura reposa serena pero firme: el cuello erguido, el libro en alto, el brazo izquierdo doblado en impecable ángulo recto, todo en su postura transmite el poder inmóvil de un cuerpo acostumbrado al rigor y la disciplina física. Detrás de Pessoa, una pequeña ventana circular se abre a la noche, fondo añil donde brilla una estrella solitaria. Única compañera o testigo visible del poeta aventurero, la presencia de esta estrella junto a la figura en perfil sugiere un emplazamiento en alto: un rascacielos, una torre, un observatorio. Esta impresión se ve reforzada por la presencia, en primer plano, de dos cortinas a modo de telón que enmarcan la escena: en otras palabras, dos cortinas encarnadas que rodean una aparente segunda ventana por la que Pelayo Ortega parece observar a Pessoa. ¿Lo observa, o mejor será decir, atendiendo a la atmósfera teatral del cuadro, que Pessoa se deja mirar con actuada y fingida inconsciencia? Difícil decidirlo. Saben bien sus amigos lo mucho que hubo de esperar Ortega para hacerse con esta imagen; saben cuántas veces, apostado en esquinas y soportales, buscó entre la lluvia neblinosa la figura incierta del poeta, cuántas veces creyó adivinarlo con su paraguas entre las sombras y cuántas pareció escaparse, desvanecerse en el paseo del puerto como un espectro marino devuelto a las olas. Pasaron los meses y, de repente, el poeta dejó de visitarnos, desapareció de nuestras vidas como si nunca hubiera estado entre nosotros. Tan sólo quedaron, a modo de consuelo, los cuadros que Ortega pintó en horas de vigilia y espionaje: cuadros que nos devolvían otra ciudad, otras calles, no las nuestras, ni siquiera aquellas otras, leídas y releídas, del poeta, sino las de Ortega mirándole, tratando de entenderlo, haciéndole hablar, sabiéndose igual, siendo aquel a quien seguía.





Pero una noche, sin previo aviso, Ortega soñó o volvió a soñar al poeta aventurero. Soñó un cuadro de De Chirico y un espacio desierto, salpicado de largas sombras y maniquíes y torres soñadas por De Chirico. Y en una torre, Pessoa, abandonado vigía en tierra de nadie. Recuerdo haber entrado en aquel sueño a la noche siguiente, invitado por Ortega, y recuerdo también, con la intensidad de lo apenas creíble, haber subido a una de esas torres para usurpar, siquiera un instante, el puesto de un maniquí. Allí había instalado Ortega su caballete y sus tubos de pintura; allí, contra la limpieza geométrica de una ventana pensada por De Chirico, había inclinado el pintor su telescopio; allí había pasado la noche pintando, espiando, adivinando. Y allí también pude ver yo a Pessoa, desasido y absorto al otro extremo de la lente, viva imagen de la soledad acompañada como se nos muestra ahora en el cuadro.

Tierra de mudos vigías que Ortega soñó soñada por De Chirico. Ociosos aristócratas ingleses que Ortega recibe de Hergé y convierte en lectores apasionados en tierra de nadie. Cuadro soñado por un sueño primero: el confort, dice Ortega. Allí sigue el poeta, sabiendo que ha llegado, con la satisfacción del deber cumplido. Allí lo imagino yo, ya entrada la noche, levantando los ojos del libro, buscando la ventana, sabiendo que a lo lejos, tras el cuadro, en otra torre que no conoce pero oscuramente adivina, alguien le mira y sonríe para sus adentros: alguien que no envidia ni compadece las razones de su exilio.



[Escribí este divertimento hace más de dieciséis años, en el verano de 1996, y lo incluí en mi segundo libro de poemas, Diálogo en la sombra, publicado un año más tarde. Lo rescato ahora después de pasarlo por el túnel de lavado y quitarle algunos lunares retóricos. No sé si continúa teniendo validez o hasta si se entiende, pues está escrito en una etapa, muy de aquella época, de entusiasmo por los juegos de espejos y los caprichos de la imaginación. Era una forma de homenajear al pintor Pelayo Ortega, cuya obra siempre me ha fascinado, y también de rendir tributo a algunos ídolos compartidos. Ahora lo leo como una muestra de ese humor coqueto y algo pagado de sí mismo de quien ha leído demasiados libros sin haberlos digerido bien, pero a fin de cuentas tenía veintiocho años y hay peajes que es inevitable pagar. Además, para qué negarlo, uno ha sido siempre de aprendizaje lento. En cualquier caso, tiene un aire crepuscular, íntimo y a la vez expresivo, que rima bastante bien con este tramo final del año.]

martes, enero 12, 2010

el silbido del verano,

la sombra (de lo que fuimos). Podrían ser dos versos, el comienzo o el final de un poema, pero es el resultado de unir el título de un texto en el que llevo trabajando un tiempo con el nombre de la revista virtual que ha tenido la gentileza y la generosidad de publicar sus primeras páginas, un adelanto quizá prematuro pero que me hace, para qué negarlo, mucha ilusión. A veinticinco años de distancia, el pasado se convierte en una ciudad cuyas calles recorres con aprensión y vaga familiaridad. Hay que caminar muy despacio, sin ansiedad, para que los recuerdos despierten a un ritmo habitable y se engarcen, uno a uno, a tus propios pasos. Se trata, en fin, como tantas otras veces, de construir un paseo.

Por cierto, toda la revista puede descargarse en pdf. No dejéis de explorar este último número (que hace el 12, curiosa y ególatramente); no tiene desperdicio.


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