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sábado, marzo 07, 2020

hispanismes / ticontre





Febrero fue un mal mes para esta bitácora: las tareas editoriales se me acumularon y dispuse de poco tiempo para actualizarlo y darle la vida que a mí me gusta. Con todo, y aunque no me gusta convertirlo en un tablón de anuncios, han ido apareciendo en la red algunos trabajos de los que parece conveniente dar noticia.


El número 13 de la revista HispanismeS, editada por la Société de Hispanistes Français, está dedicado íntegramente a la poesía española contemporánea e incluye un amplio dossier –coordinado por las hispanistas francesas Laurence Breysse-Chanet y Laurie-Anne Laget– que recoge poemas y poéticas de autores de distintas generaciones: José Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Arcadio Pardo, Antonio Gamoneda, Clara Janés, Pere Gimferrer, Antonio Colinas, Olvido García Valdés, Jaime Siles, Miguel Casado, Juan Carlos Mestre, Blanca Andreu, Eli Tolaretxipi, Jordi Doce, Esther Ramón, María Ángeles Pérez López, Carmen Díaz-Maroto y Julio Prieto, así como artículos de Julio Neira, Juan José Lanz, Marie-Claire Zimmermann y José Teruel, entre otros. Se incluye también una extensa entrevista con Miguel Casado:

Se accede al número pulsando aquí, y cada sección o capítulo se puede descargar individualmente en PDF.


Por otro lado, acaba de ver la luz el nuevo número (que hace el número 12) de la revista académica Ticontre, editada por la universidad italiana de Trento, que incluye un amplio dossier sobre la obra de José Ángel Valente que he ayudado a coordinar con los profesores Pietro Taravacci y Julio Pérez-Ugena. Se titula «El sueño de la nada (a Valente en los noventa años de su nacimiento)» e incluye colaboraciones de Antonio Petre, Armando López Castro, Eva Valcárcel, Ángel Luis Prieto de Paula, Paul Cahill, Carlos Peinado Elliot, Stefano Pradel, Margarita García Candeira, Adrián Valenciano y José Luis Gómez Toré. Me parece, modestamente, que ha quedado muy bien.

Se puede leer en línea o también descargar en forma de PDF, aquí.

lunes, enero 27, 2020

hablo por nosotros





algunas notas sobre la traducción de poesía

Que la traducción es creación, así, sin más explicaciones ni apostillas, es algo que no recuerdo haber puesto en duda jamás, ni siquiera en las etapas iniciales de mi aprendizaje literario y específicamente poético, hará unos treinta años. Me parecía evidente... como lo era, al menos a mis ojos, la diferencia entre una traducción, digamos, más o menos didáctica, informativa o pegada a la literalidad del original, y otra capaz de preservar buena parte de sus valores formales, principalmente rítmicos, pero también asociados al tono, el fluir de la sintaxis, la tensión de la elipsis, ese aliento misterioso pero real –«quien lo probó lo sabe»– que infunde vida colectiva a palabras que hasta ese momento habían vivido aparte, sin tratarse. Ser un lector inexperto no me impedía distinguir una clase de traducción de otra y sentirme frustrado e incluso irritado cuando el texto no respondía al contacto de la lectura; cuando quedaba ahí, inerte, amorfo, sobre la página. Me veo rehaciendo una y otra vez las traducciones ajenas que ni el oído ni la intuición daban por válidas, hasta cuando no conocía el idioma de partida. Y entiendo ahora que ese atrevimiento, que era una consecuencia de mis ganas de aprender, surgía también de una percepción aguda de la materialidad y el carácter orgánico del poema, de su condición de cosa viva. No sé muy bien el origen de este convencimiento mío; quizá venía de serie o se activó tan pronto empecé a leer poesía con atención. Lo cierto es que todas mis lecturas críticas posteriores, de Coleridge a Valente pasando por Pound u Octavio Paz, no han hecho sino confirmarlo. Pero vayamos por partes.


Crecí, entre otras, a la sombra de aquella mítica colección amarilla de Ediciones Júcar que se llamaba «Los poetas» (que la editorial tuviera su sede en Gijón no es un dato trivial), y su catálogo, irregular y algo atrabiliario, hecho de libros de muy diversa procedencia, era un repertorio ilustrativo de las muchas vías por las que llegamos a la literatura. Quizá recuerden que cada título de aquella colección, fuera de alguna antología, estaba dedicado a un poeta canónico y que consistía en un estudio preliminar y una selección de poemas, pero ahí se acababan las semejanzas: algunos títulos eran traducciones de trabajos extranjeros, principalmente franceses, a los que se añadía una antología realizada manu militari por algún colaborador de la editorial; otros eran estudios académicos muy correctos que solían optar por una traducción más bien chata o incluso prosificada de la poesía; y otros, en fin, eran trabajos genuinamente literarios, propuestas críticas para las cuales la versión de los poemas era tanto o más importante que el estudio preliminar, pues ahí estaba el meollo del asunto, la prueba del algodón que verificaba la validez del conjunto. Recuerdo, en este último apartado, libros que fueron importantes en mi formación: el Odysseas Elytis de José Antonio Moreno Jurado, el Eugenio Montale de Joaquín Arce, el Gottfried Benn de José Manuel López de Abiada, el Mallarmé de Pilar Gómez Bedate... O, por mencionar un libro de naturaleza algo distinta, la monumental Antología de la poesía portuguesa contemporánea en dos tomos de Ángel Crespo. (Todos ellos autores, por cierto, y no me parece fortuito, que vivían o habían pasado largas temporadas en el extranjero). Estos títulos sobresalían visiblemente del resto y eran un ejemplo, a finales de los años setenta o principios de los ochenta del siglo pasado, de cómo podían hacerse las cosas. Cuando el propio Crespo escribe, en el prólogo de su libro Las cenizas de la flor, publicado en 1987, que «no sería de desear que se escribiese sobre poesía prescindiendo […] de ese instrumental crítico de carácter universitario que tantas cuestiones puede aclarar y tantas dudas resolver, si bien me [doy] cuenta del riesgo, que efectivamente se corre, de que dichos instrumentos de estudio se conviertan en un fin, en lugar de ser sólo un medio», está haciendo referencia a ciertas formas extremas de academicismo poco sensibles a los valores formales o estéticos del texto, algo de lo que yo mismo era testigo (y víctima) en aquellos mismos años en algunas aulas universitarias.


Ahora me parece evidente lo que entonces veía de manera confusa, y es que detrás de aquel interés primerizo por la poesía extranjera y la traducción alentaba el bilingüismo de mi niñez (soy hijo de madre francesa), y que gran parte de mis lecturas críticas buscaban iluminar ese espacio de confluencia entre dos lenguas y dos tradiciones que se abre en toda traducción literaria. Como Freud en la célebre frase de su epistolario que Lawrence Durrell puso al frente de Justine («Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas. Tenemos que discutir en detalle este problema»), me di cuenta de que en el acto de traducción de un poema participan al menos cuatro elementos, y que los idiomas de partida y de llegada eran menos determinantes que las lenguas poéticas respectivas, el modo en que cuajaban y se formalizaban. Conforme avanzaba en mis estudios y descubría el territorio vastísimo y opulento de la poesía en lengua inglesa, más visible se me hacía el carácter histórico de los códigos literarios, el modo en que una lengua poética va sedimentando y condicionando las respuestas de cada cual a la herencia recibida. Mis lecturas de poesía española, francesa y angloamericana parecían discurrir por ramales divergentes, o que solo se tocaban muy de vez en cuando, gracias al esfuerzo de figuras literalmente excéntricas. Tuve entonces la intuición –el germen– que fructificaría años después en mi tesis doctoral y que encontró apoyo en formulaciones críticas de Yves Bonnefoy y de Paul Auster (el Auster crítico y poeta de la década de 1970, anterior a su fama como narrador): si Bonnefoy comparaba la lengua de la poesía contemporánea francesa a una esfera autosuficiente, algo rarificada, y la contraponía al espejo más narrativo –algo esthendaliano– de cierta poesía angloamericana, Auster notaba en mucha de la poesía francesa de su tiempo un grado de sutileza y transparencia verbales (de elegancia y fluidez polisilábica) que parecía disolverse en el afán de concreción de la tradición anglo, en sus ritmos abruptos y monosilábicos, en su predilección por el cuento y el detalle, lo grávido y material.

Estoy generalizando de manera grosera. Pero mi experiencia como lector de poetas tan diversos como Coleridge, Browning, Robert Frost, Eliot, Sylvia Plath o Charles Tomlinson confirmaba que las vetas germánica y escandinava del inglés habían aflorado al idioma poético desde el pozo artesiano del habla popular hasta hacerse con él y condicionar su evolución histórica. En cambio, la lengua poética española había creado en grandes tramos de su historia una distinción artificiosa –a veces en un mismo autor– entre lo popular y lo culto, dejándose hacer en mayor medida que la inglesa por los modelos latinizantes de la tradición petrarquista italiana y la simbolista francesa. La lengua misma, qué duda cabe, había influido en la configuración del código literario; pero a su vez esos códigos habían cobrado vida propia para evolucionar, en cada caso, por ramales casi divergentes.

Estas ideas configuraban un marco propicio de estudio y exploración, pero no convenía llevarlas demasiado lejos. El carácter histórico de la lengua poética podía ser una fuerza centrífuga, pero debía contender con la fuerza centrípeta del internacionalismo de la modernidad y los ismos vanguardistas. Esa lucha entre la fuerza de arrastre de la historia y el afán utópico de la modernidad ha tenido resultados muy diversos y no siempre previsibles: pensemos, por ejemplo, en la debilidad del surrealismo en lengua inglesa, su incapacidad para implantarse más allá del eco tardío que tuvo en algunos poetas norteamericanos de la era Kennedy; o en las dificultades que sigue teniendo la poesía española para dar cuenta veraz, aún hoy, de los grumos y texturas narrativas de un Robert Frost o un Ted Hughes.


A veces, con todo, sucede lo imprevisto, el milagro. Recuerdo, por ejemplo, una antología publicada por Pamiela en 1991, Siete poetas norteamericanas actuales, en la que Rosa Lentini y Susan Schreibman reunieron un puñado de versiones de la obra de Denise Levertov, Linda Pastan, Adrienne Rich o Carolyn Forché, entre otras. Creo no ser el único para quien esta antología resultó ser una lectura fundacional: lo personal y lo político, lo íntimo y lo colectivo, el impulso figurativo y el expresionismo onírico, los ritmos de la prosa y la atracción del fragmento, todo se anudaba en estas páginas de una manera que resultaba insólita en la España de entonces, en un momento además en que las lecturas críticas del feminismo se ignoraban por el sencillo expediente de darlas por superadas, como si nunca hubieran escapado de la burbuja contracultural en la que surgieron inicialmente.

Recuerdo también, en un sentido sin duda muy distinto, el descubrimiento de las versiones de Antonio Machado que el poeta inglés Charles Tomlinson –con la ayuda del lingüista Henry Gifford– hizo tempranamente. Reunidas en 1963 en un fino volumen titulado Castilian Ilexes, su trabajo sigue siendo uno de los grandes ejemplos de traducción poética del siglo veinte: un libro en el que Tomlinson reescribe muchas de las elegías y las visiones paisajísticas de Machado con el verso escalonado o «3-ply verse» de William Carlos Williams, ese metro saltarín hecho de tres peldaños variables que aligera el poema de barnices retóricos y hasta anticuados y lo vuelve cristal pulido, lente con la que mirar más de cerca el mundo.

La estrategia de Tomlinson es arriesgada, pero funciona, sobre todo en esa proeza que es «Poem of a Day» («Poema de un día»): la rima desaparece y permite desliar los versos, desanudarlos sobre la página en forma de escalones que van y vienen imitando el ir y venir de la percepción, el curso sincopado del pensamiento. Se preserva así la cordialidad de la poesía, su naturaleza «siempre viva, / fugitiva», de agua de «buen manantial» que brinca y fluye en el tiempo. Machado, en estas viejas versiones de Tomlinson –tienen ya 55 años largos–, es el mismo y distinto, y la distinción lo engrandece, porque es capaz de respirar y de hablarnos, en un metro que no era el suyo y que ni siquiera hubiera concebido.

Tomlinson pertenece a ese gremio de poetas-traductores que han dibujado con el tiempo una constelación de modelos o guías ejemplares: Pound, Ben Belitt, Robert Bly, el último Ted Hughes, Yves Bonnefoy o, en nuestro idioma, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, el Jaime García Terrés de Baile de máscaras, Manuel Álvarez Ortega, Clara Janés, Mirta Rosenberg, Circe Maia o Ángel Crespo, del que nunca he olvidado un aforismo que habla mucho de su lucidez conceptual y su vocación de servicio: «Dedicar un día a nuestra propia obra y una semana a la de los demás, que no es obra ajena». Como buen aforismo, es una exageración y hay que leerlo entre comillas, pero no es mala divisa en estos tiempos de exhibicionismo y baja tensión crítica. Esa aclaración final: «que no es obra ajena», viene a poner el dedo justamente sobre la cuestión de la autoría, un tema complejo sobre el que, sin embargo, vale la pena aventurar alguna hipótesis, por esquemática que sea.


Me parece productivo concebir la traducción literaria, o en este caso la poética, como un ejercicio de desdoblamiento dramático, una actuación forzada por el desafío a ser otro, una heteronimia de contenidos preexistentes que piden ser reformulados en otra lengua. Puedo decir sin temor a exagerar que, al enfrentarme a poetas tan dispares como Auden, Ted Hughes, Charles Simic, o el propio Tomlinson, he debido ensayar mi papel lo mismo que un actor: leer una y otra vez el guión de los poemas originales, hacer anotaciones al margen, buscar información complementaria, empaparme de la atmósfera y las circunstancias en que el autor los escribió; y, finalmente, a base de numerosos ensayos, hacerme con mi nuevo papel, hablar con otra voz, con una respiración que es a la vez propia y ajena.

En este esfuerzo me ha venido bien un consejo que recibí hace años de un amigo actor, quien me dijo que una buena caracterización dependía muchas veces de dar con un rasgo del personaje (una mueca, un tic, una forma de andar o de moverse o de hablar…) que lo define o lo resume. Ese rasgo es una suerte de palanca que permite reconstruir la totalidad del personaje, el puente o nexo que permite al actor ser uno con su interpretación, convencerle de su pertinencia y su veracidad. Y, como mi amigo el actor, muchas veces no he estado seguro de mi interpretación hasta que no he dado con un giro verbal, una superstición fonética, una forma de emparejar o articular las palabras que de alguna manera resume o singulariza el texto original.

Se trata de un esfuerzo imaginativo que no es tanto una transformación del yo como el desarrollo de algunas vetas o hebras que hasta entonces habrían permanecido latentes, atrofiadas, retenidas en un profundo estado germinal. Así el humor negro de Simic, por ejemplo, su ironía teñida de rasgos surrealistas, góticos. Así la urbanidad elegante de Auden, su gusto por el aparte digresivo y ensayístico, su coquetería. El yo es también esas otras voces, esos otros yoes, por frágiles o incipientes que puedan parecernos. Y traducir, interpretar, es también una huida liberadora de la cárcel de lo que somos, un medio de burlarnos de nosotros mismos, de reinventarnos, de conjurar o conjugar de otra manera eso que oscura y fatalmente percibimos ser.


Publicado originalmente en la revista de la Asociación de Escritores Extremeños (AEEX) El Espejo, núm. 11 (2019), págs. 7-16. Gracias a Antonio Reseco por su amable invitación.



lunes, enero 06, 2020

la ignorancia luminosa





En un escrito reciente sobre su disco I Trawl the Megahertz, mi admirado Paddy McAloon recuerda cómo «en la era anterior a Internet, no siempre podíamos encontrar, o costearnos, mucha de la música sobre la que leíamos, [pero] teníamos tiempo de sobra para imaginar cómo sonaba o debía sonar. Curiosamente, de este modo era posible sentirse inspirado por música que uno en realidad no había escuchado. Se trata de una idea que aún me agrada». Y es así, desde luego. Mi yo adolescente lo supo muy pronto, cuando pudo comparar las páginas que Ramón de España dedicaba a Eno en su biografía de Roxy Music con la experiencia misma de escuchar los discos, que siempre eran bastante más o menos de lo que esperaba. No digamos ya cuando empecé a adentrarme en el mundo del free jazz y otras lindezas. Lo curioso es que leía –y sigo leyendo– mucha crítica: me encanta saber lo que otros construyen desde la obra ajena. En realidad, me basta con que estén bien escritas o sostengan el vuelo de la imaginación. Que a menudo no casen con mi experiencia de la obra me importa poco.

Por lo demás, la idea de McAloon podría extenderse fácilmente a otras artes, y de modo muy particular a la poesía: de cuántos poetas latinoamericanos oyó hablar uno que no conocía, o no había leído apenas, y cómo a través de las descripciones de terceros nos íbamos haciendo una imagen, siempre brumosa o aproximada, tal vez, pero capaz de nutrir una admiración razonable. Cuando por fin lográbamos leer media docena de poemas, el desconcierto nos impedía valorar el mérito real de la propuesta. Había que amansar los prejuicios iniciales, por favorables o exaltados que fueran, para entender cabalmente lo que allí ocurría.

Por no hablar de las traducciones: hay poetas, en verdad, que uno ha leído con más fe que convicción. Uno miraba el logo de la editorial o el nombre del traductor y pensaba: si usted lo dice… Era una lectura hipotética, por aproximación. Nos decíamos: el poema real está aquí, detrás o delante de la imagen desenfocada de la página. Y luego esa grieta, ese decalage, nos permitía justamente imaginarnos a un poeta más cierto o sugestivo que el del libro. Lo recreábamos, vaya, y de ahí surgían sentidos imprevistos, que ni estaban en el original ni nosotros habríamos sido capaces de convocar sin ayuda. Un poeta, en fin, podía ser un poema o un puñado de versos memorables: el fervor que dedicábamos a esos fragmentos compensaba de sobra nuestra incomprensión del resto.

De todo esto nos íbamos alimentando, y la ignorancia y la imposibilidad de acceder a ciertas experiencias culturales ampliaba sensiblemente nuestro campo de actuación. Paradójico, quizá, pero real… iba a decir como la vida misma, pero nuestra vida misma nos parecía irreal, o asunto menor, comparada con todo aquello que desconocíamos y que sin embargo nos tentaba, nos atraía fatalmente, por estar fuera de nuestro alcance (bueno, estaba ahí, pero no siempre y desde luego no de manera simultánea, porque había un límite claro de tiempo, de dinero, incluso de energía…). Lo dice de nuevo McAloon en ese mismo escrito cuando habla del «espíritu atrevido de mi juventud, cuando la música parecía misteriosa, y nueva, y llena de posibilidades». Esa riqueza de posibilidades es tal vez lo que uno más echa en falta de aquel tiempo. Digamos también apertura, hospitalidad activa, ese adelantarse al acontecimiento o ir a su encuentro para teñirlo de los deseos y las expectativas de uno. Y sí: «se trata de una idea que aún me agrada».

lunes, diciembre 09, 2019

familiares desconocidas


Vuelvo a leer en clase, en el taller del Kafka, ese viejo y certero lema de Valente: «Sólo se llega a ser escritor cuando se empieza a tener una relación carnal con las palabras» (Cómo se pinta un dragón). Una confesión de parentesco, desde luego, pero también una insinuación erótica, sin duda anterior o condicionada a esa idea suya de la escritura como «gestación». Sin embargo, como sucede también con las personas con las que compartimos la vida, hay días en que las palabras se nos vuelven extrañas, súbitas desconocidas, las vemos y es como si su rostro hubiera cambiado, nos descoloca, hay alguien ahí que asoma (¿algún ancestro?) y no sabemos quién es. Y puede ocurrir incluso que las palabras se nos hagan odiosas, como en esas broncas familiares en las que sale un rencor antiguo, el veneno fermentado durante años. La cercanía tiene esas contrariedades, ese viaje del amor al despecho que hacemos cada vez que la razón o el origen de nuestra fuerza nos quita la cara –y nos debilita. Uno puede enredarse en sus propias raíces, está claro. Pero es mejor sacar un pie tras otro y contorsionarse si es necesario que esgrimir un hacha falsamente liberadora. Las palabras se nos pueden volver remotas, hasta ilegibles a veces, pero no son el enemigo.

martes, julio 02, 2019

sobre el aforismo


Jamás he tenido la impresión de escribir aforismos, ni mucho menos de ser eso que ahora se llama aforista (creo incluso que la palabreja sigue sin tener curso legal en la RAE). Sé que en mi juventud me fascinaban, como no han dejado de hacerlo desde entonces, los textos discontinuos, los libros de fragmentos, de líneas o párrafos sueltos y arropados por grandes espacios en blanco. Era una atracción más visual que conceptual, desde luego, aunque ese gusto temprano del mirar por las manchas de tinta debe de decir algo sobre mi forma de leer, de acercarme o entender el texto. Quizá fuera la atracción de un saber que uno intuía ahí, cifrado en aquellas manchas, el imán de una brevedad que parecía condensar o concentrar recorridos más amplios. Quizá fuera que uno adivinaba, como una sombra parapetada detrás de los espacios en blanco, la tercera dimensión del tiempo, esa penumbra de limos en suspensión que avanza con las aguas del río.

La provincia del hombre de Canetti en la vieja edición de Taurus; los dos volúmenes de los Carnets de Camus publicados por Alianza; los Aforismos (estos sí) de Lichtenberg en la colección «Breviarios» del Fondo de Cultura Económica (no me daba cuenta, entonces, de que el traductor era Juan Villoro); la edición de Ideolojía en Anthropos; pero también los poemas de Jacques Dupin en la colección color crema de Cátedra, ciertos pasajes de La invención de la soledad de Paul Auster… El fragmento era o se me volvió talismánico por muchas razones: su intensidad, su capacidad de sugerencia, su aura de pecio salvado del naufragio, pero también ese don refinado para articularse en unidades superiores y dialogar de manera oblicua o intermitente con sus alrededores.

Justamente lo que menos me interesaba de aquellos fragmentos era su sospechosa facilidad, en otros autores, para convertirse en máxima, sentencia grave (grave the sentence deep, como escribió con ironía William Blake, jugando con el otro sentido del vocablo inglés «grave»: «tumba»). Me parecía una reducción no solo injustificada, sino deprimente, de su capacidad polisémica y su ambigüedad, que es como decir su potencia poética. Y así vamos llegando a uno de los meollos del asunto, que es el peso que la poesía, la imaginación poética, tiene en la configuración y el desarrollo del fragmento… y, por extensión, del aforismo.

Recuerdo el tono agresivo y hasta impertinente con que reseñé, en su día, El cazador de instantes, un libro de aforismos que Rafael Argullol publicó en Destino allá por 1996. Era joven, ignorante (es decir, atrevido) y tenía la mala costumbre de escribir lo que pensaba, pero recuerdo dos aspectos de aquel libro que aún ahora me inspiran desconfianza: el autor había numerado cada aforismo, de modo que el libro adquiría un aire equívoco de misal o devocionario laico; y la prosa estaba perfectamente redondeada, con una sintaxis ampulosa que no dejaba ningún fleco, ningún cabo suelto. El número parecía un podio sobre el que aforismo se incorporaba para enunciar una verdad que se quería profunda, grave, pero aquel joven lector solo tenía ojos para el ritmo y el acabado de la prosa. Y ese ritmo y ese acabado daban una impresión de solemnidad que resultaba contraproducente: barniz para las piedrecillas de la obviedad.

No he vuelto al libro de Argullol (de quien he leído con placer y admiración muchas otras páginas), pero si lo menciono aquí es porque su forma de concebir o realizar el aforismo estaba en las antípodas de mi ideal: el filo mellado de lo incompleto; el chispazo de lo que surge por capricho, sin deliberación; su insolencia y gratuidad; su rechazo de cualquier forma de énfasis y su carácter asistemático (escribió una vez el poeta Antonio Martínez Sarrión, y es frase que no he olvidado desde entonces, que el aforista debía tener «un talento de síntesis fulgurante y la ductilidad de un danzarín»). Si el aforismo enuncia una posición moral, lo hace no de manera deliberada o explícita, sino por ser justamente escritura al margen, volandera. Creo que por eso nunca he publicado un libro de aforismos en sentido estricto: Hormigas blancas y Perros en la playa son cuadernos de campo que incluyen anotaciones de diario, reflexiones más o menos ensayísticas, viñetas costumbristas, notas sueltas, fragmentos y aforismos, todo en alegre revoltijo, sin mucho orden y desde luego sin jerarquías. Son libros que se pretenden cercanos a la vida, no solo por el tono o los temas de muchas anotaciones, sino por su misma estructura fronteriza, heterogénea, ese revoltijo fatal que suele ser –en correspondencia– nuestro día a día.

Y volvemos por ese lado a la poesía, claro. Porque si la poesía es un ingrediente del aforismo como punto de partida (ese saber mirar o estar en el mundo que distingue al poeta), lo es también como horizonte, como inclinación afectiva: los aforismos ajenos y propios que más valoro aspiran a la condición de poesía y se dejan imantar por ella; son como limaduras que al saltar por los aires y recolocarse dibujan el retrato de los deseos y obsesiones de su autor.

Dice el poeta canario Francisco León que «los aforismos no pueden ser tomados como leyes para los demás, sino como expresiones de deseo para quien los escribe». Es así, exactamente. Y esa «expresión del deseo», por la misma fuerza o justeza de su decir, se inserta en la textura del deseo de los lectores. La verdad del aforismo depende directamente de la felicidad de su expresión, sí, pero se nos impone porque la imaginación que lo anima habla el lenguaje del deseo, es decir, habla con el deseo del lector y lo despierta. El aforismo no existe para enunciar leyes ni presuntas verdades universales, sino para alumbrar –dar a luz– ese nudo confuso de afanes, obsesiones y heridas mal cicatrizadas que nos constituye. Es algo profundamente personal que, sin embargo, en virtud del carácter social del lenguaje, termina implicando a otros. Y esos «otros», por definición, siempre serán minoría, una comunidad de soledades y afinidades electivas que se reconocen mutuamente entre el gentío.

Debo añadir, por último, que nunca me ha gustado leer aforismos sueltos, aislados, esas frases de almanaque que solían aparecer en nuestras libretas escolares y ahora infestan las redes sociales. Creo sinceramente que el aforismo necesita y hasta exige acompañantes, ser una hormiga en el desfile y no una miga de pan abandonada. El contexto, en este caso, lo es todo. Quizá porque el efecto del aforismo –su sentido– es cumulativo, como las gotas calcáreas que terminan formando la estalactita. Pero también, y más importante, porque el libro es el resultado de un proceso por el cual escritura y vida deciden, no siempre de buen grado, qué puede decirse, qué debe ir dentro y qué fuera. Y eso, lo de fuera, es lo obstinado, lo irreducible, lo que no puede masticarse ni disolverse en palabras y nos obliga a seguir escribiendo. El proceso se prolonga en el tiempo, se vuelve tiempo, y todo lo que contiene se vuelve más legible, más comprensible, cuando se observa en conjunto, en ese marco temporal que crece y se abre sin dejar de hospedarnos. El contexto lo es todo porque es nuestra vida, escrita y no escrita. Y ahí seguimos.

martes, junio 25, 2019

ensaya, que algo queda


Una de las frases que más repito en mis clases –en realidad un tic, un recurso instintivo del que echo mano cuando veo que los cerros de Úbeda no andan muy lejos– es «no sé si me estoy explicando». La frase, a estas alturas, ha quedado amortizada por la repetición y la sordera selectiva –o cómplice– de los alumnos. Ayer, cuando me tocó explicar la greguería y el poder de extrañamiento de la metáfora, volvió a asomar unas cuantas veces…

Supongo que la frase surgió porque no quería recurrir al más agresivo: «¿Me seguís? ¿Se me entiende?» (la responsabilidad de que la clase sea más o menos inteligible no puede quedar en manos de los alumnos, o no sólo). Pero la frase me gusta por su carácter tentativo, de prueba, que tanto me recuerda la actitud del ensayista, ese «¿funciona?, ¿vamos bien por aquí?» con que la escritura misma suele interrogarse a cada vuelta del camino. Ese darse la vuelta o replegar las velas cuando la cosa no marcha y hay que probar otra ruta, otro ángulo de ataque, otro correlato.

No sé si me estoy explicando, es decir, no sé si he desplegado mi manto de abalorios como es debido, de modo que se vea bien de dónde vengo, qué mercancías traigo, qué forma de intercambio puede tener lugar entre nosotros. Quizá incluso deba empezar de nuevo. Y esa, se me ocurre, podría ser una buena definición del ensayo como género: que nos obliga a recomenzar una y otra vez, todo el tiempo, pues sabe muy bien que sólo por tanteo, por aproximación, podemos aspirar a explicarnos.

domingo, junio 23, 2019

vida/escritura


Pienso a menudo en una conocida que es también escritora y con quien me tropecé una vez en una librería. Nos saludamos brevemente, y, cuando le pregunté en qué andaba metida, me respondió: «Bueno, estaba trabajando en una larga novela cómica, pero entonces, en mitad del verano, mi marido tuvo un accidente horrible con una sierra eléctrica y perdió tres dedos. La cosa nos dejó tan tristes, nos alteró tanto, que cuando retomé la escritura mi novela cómica se fue haciendo cada vez más lánguida y triste y deprimente. Así que lo deseché todo y empecé a escribir una novela sobre un hombre que pierde tres dedos en un accidente con una sierra, y eso –dijo–, eso está resultando de lo más divertido». (Lorrie Moore, «Sobre la escritura», 1994)

martes, abril 09, 2019

yo es otro





Poesía, desde siempre, es lo que hacían otros (lo propio no tenía interés ni misterio, no desprendía el aura que aprendí a vincular, muy pronto, con los libros ajenos). Y eso que ellos hacían me pedía, me reclamaba incluso, que diera un paso al frente: entrar en ellos, habitarlos, o bien traducirlos si se daba el caso. El poema era eso, lo que accedía a ser habitado, y no tanto –no siempre– ese «coser y descoser en vano» (la expresión es de Yeats) que implicaba escribir y que me sumergía en un mar de dudas y recelos, de tanteos sin rumbo. Después de todo, una cosa es creer en la arquitectura del idioma y otra muy diferente dejarse intimidar por los andamios.

Un día lo entendí: la solución pasaba por convertirse en otro, es decir, inventarse el poeta a quien uno pudiera traducir sin vergüenza, o con las mismas ganas que los demás poetas, los de verdad, seguían despertando cada vez que volvía a ellos. Decir «los de verdad» implica, desde luego, que la verdad se inventa –la verdad literaria, claro está, torciendo un poco para mis fines la idea de Machado–, pero también que nadie es del todo real hasta que no decide ser alguien, otro, el mismo y distinto, conforme las palabras asoman a la página.

Dicho de otra manera: igual que hacíamos en la escuela, escribimos al dictado, transcribimos, pero antes debemos inventarnos al escritor que lleve nuestro nombre, crear la figura que recorre el pasillo y dice las palabras que nosotros recogemos en la libreta. Algo así. Solo entonces se empieza a entender lo que decía Eliot: «la poesía […] no es la expresión de la personalidad, sino una huida de la personalidad». Una liberación.

lunes, abril 01, 2019

poética involuntaria


En una de las obras que hice en Lowestoft tenía que interpretar a un borracho y salí a escena dando bandazos. El director alzó los brazos para detener el ensayo.
–¿Se puede saber qué estas haciendo? –preguntó.
–Interpretar a un borracho –dije ofendido.
–Exacto. Estás interpretando a un borracho. Y yo te pago para que seas un borracho. Un borracho intenta simular que está sobrio, y tú simulas estar borracho. Lo estás haciendo justo al revés. [...]

Michael Caine, de su autobiografía La gran vida

jueves, enero 31, 2019

oblicuidades





Mi infancia, entre otras cosas, es un recuerdo de viajes interminables en el coche familiar: de Gijón a Barcelona en verano; de Gijón a Le Havre, en la costa francesa de Normandía, en Navidad. La visita a los parientes catalanes, en concreto, suponía un periplo de dos días por carreteras endemoniadas –las autovías seguían siendo cosa de un futuro improbable– y un estado de aburrimiento que la visión de la España mesetaria bajo el sol de agosto volvía letárgico.

Entre los juegos privados que inventé para entretenerme –debía tener cinco o seis años– estaba el que yo, secretamente, llamaba «el de las matrículas»: consistía en relacionar entre sí las cuatro cifras de las matrículas de los vehículos que se cruzaban en nuestro camino, bien agrupándolas en una serie coherente, bien dividiéndolas en dos grupos que a su vez guardaban algún tipo de lógica interna entre sí. La relación debía establecerse mediantes operaciones aritméticas más o menos simples: era esencial no complicar el proceso, establecer ese vínculo de la manera más rápida y sencilla. Aunque también se valoraba –quiero decir: lo valoraba yo, que era juez, practicante y espectador único de este juego privado– cierta fantasía, la capacidad para llegar a esa relación por caminos extraños, el rodeo sorprendente. El juego se complicó más tarde cuando incorporé las letras de la matrícula–que entonces eran tres–, sustituyéndolas por la posición que ocupaban en el alfabeto, pero las operaciones, las etapas del proceso, no cambiaron sustancialmente.

La cuestión, en fin, era dotar de orden a aquella serie arbitraria de números, entrelazarlos en un patrón que no dejara ninguno fuera y tuviera coherencia interna. No me cabe duda de que aquel juego encarnaba una forma básica o arcaica de pensamiento algebraico –y el álgebra fue siempre mi rama preferida de las matemáticas–, pero ahora veo en él, también, una prefiguración de la poesía, el germen de esa necesidad compulsiva de acotar –palabra mediante– espacios de sentido, celdas verbales capaces de mitigar y esclarecer el barullo de fuera. Entre aquel juego infantil y mi descubrimiento de la poesía median, tal vez, quince años, pero el principio es el mismo: se trata de lidiar con lo dado, lo mostrenco, ordenar las cartas que nos han tocado en suerte y buscar una mano ganadora. Y aquí el verbo «ganar» no significa competición ni victoria sobre otros (ya lo dijo Eliot en «East Coker»: «Pero no hay competencia, / sí una lucha por recobrar lo perdido / y encontrado y perdido tantas veces: y, ahora, en condiciones / que parecen adversas»), sino incremento puro, el esfuerzo («lo demás no debe incumbirnos») por ampliar los cauces de nuestra vida, de vivir más y con más intensidad.

De ahí que la noción popular de la poesía como un arte escapista siempre me haya resultado extraña, aunque entienda su origen. Al fin y al cabo, el juego de las «matrículas» podría muy bien entenderse como una reacción de repliegue ante la incomodidad del viaje: el niño se mete en su concha de caracol y allí sortea o combate el aburrimiento barajando números. Pero no es sólo cuestión de números: el niño que memoriza matrículas está volcado en un acto de atención por el que recibe, a la vez, datos del exterior, impresiones sensoriales, señales de un mundo que no termina de mostrarse. Esta percepción sucede en los márgenes de su concentración; es, digamos, tangencial. Pero la información se deposita en su memoria sin esfuerzo y echa raíces para el futuro. El niño no sortea o se evade del mundo: simplemente, llega a él de manera oblicua, busca un lugar desde el que acecharlo y leer su secreto. Literalmente: uno de los poemas de Gran angular que más prefiero, «Desierto de los Monegros», es una reelaboración ficticia –algo así como un fragmento de road-movie– de mi experiencia infantil de esa comarca. Ya podía estar el niño jugando a lo que fuera, pensando en musarañas de sus propiedad, que los sentidos iban a lo suyo, recogiendo muestras del mundo y guardándolos en los depósitos del inconsciente, haciendo inventario.

Así también la escritura: ningún poema mira de frente al mundo; ninguna palabra puede abarcar la totalidad. Uno se instala en los márgenes y trabaja desde ahí, moviéndose lentamente, volcando su atención en un fragmento y dejando que el acto mismo de atención sea el imán que haga llegar el resto, que lo convoque. Y, con el tiempo, uno aprende a buscar en ese fragmento la ley que rige tras las apariencias. O mejor dicho: un orden posible, el que más conviene a nuestra subjetividad, el que explica la atracción misma que ese fragmento ejerce en nosotros.

domingo, diciembre 02, 2018

tardío


Que un libro –y más si es de poemas– nunca termina de cerrarse es algo bastante frecuente y que muchos hemos aprendido a asumir con normalidad. Con el tiempo vamos retocando versos, tachando palabras o ajustando la puntuación o la sintaxis de ciertas frases; hasta surgen poemas cuyo lugar natural es justamente el libro ya editado. De ahí que ese paréntesis que suele abrirse entre la aceptación del poemario por parte de la editorial y su publicación final (que a menudo es de años) pueda ser muy útil para terminar de ajustar cada pieza o añadir alguna ocurrencia tardía.

Lo que nunca me había pasado, sin embargo, es encontrar la cita idónea de un libro dos años después de su aparición. Releyendo hace meses la vieja edición de Taurus de La provincia del hombre, de Canetti, me encontré con esta nota de 1966 (solo un año mayor que yo, por tanto): «No digas: ahí estuve yo. Di siempre: ahí no estuve nunca». Es más: el apunte –apenas un renglón en la página– iba subrayado doblemente a lápiz.

Está claro, al menos para mí, que esta frase tenía que estar rondando mi inconsciente cuando escribí el verso inicial de lo que sería «Suceso» (y que luego se convirtió en el título del libro): «No estábamos allí cuando ocurrió...». Pero ni la recordaba ni tampoco recuerdo haberla subrayado en su día, entiendo que buscando ayuda en mis peleas juveniles con el yo en la escritura. Lo que viene a confirmar, supongo, que las cosas nunca son del todo como uno las piensa. O que, de hecho, uno nunca está «ahí» donde se escribe el poema. Tenemos esa suerte.

miércoles, noviembre 28, 2018

per somnia





Vivo en un barrio de Madrid a caballo entre dos o tres límites naturales y al menos uno artificial: un río, las colinas de Moncloa, las vías del tren, un parque donde hace ochenta años se situó durante meses el frente de guerra… Un barrio fronterizo, sí, pero también un barrio incompleto o mal compuesto, hecho de retales, en el que ningún camino es recto del todo y trazar curvas de nivel es casi un problema de física cuántica (un problema, por lo demás, al que me enfrento cada mañana cuando salgo a caminar con la perra y trato de no cansarme demasiado pronto encarando pendientes muy pronunciadas o tramos imposibles de escaleras, pero esa es otra historia).

Quizá lo que más me atrae de este barrio es justamente su variedad –digamos– paisajística, el modo en que los retales se yuxtaponen, a menudo sin solución de continuidad, para ofrecer un viaje en miniatura por atmósferas que no son propias ni habituales de esta ciudad. Aquella ladera de pinos altaneros bajo el cielo azul de agosto me hace pensar en Roma; un poco más allá, la disposición vagamente caprichosa de los árboles y el césped que rodean el camino de tierra parece un préstamo inglés; al cruzar el puente que se eleva sobre las vías del tren y entrar en la otra mitad del parque –su mitad, digamos, más precaria o pobretona–, tengo la sensación de estar de nuevo en Sheffield, como si hubiera salido de clase y volviera a casa por las veredas sucias y descuidadas del pequeño parque universitario; a medio trayecto, la fachada gris metalizada del bloque de edificios que se destaca al fondo, tras un primer plano de chopos blancos que casi lo ocultan de la mirada, está sacado directamente de las afueras de una ciudad francesa; y así hasta el infinito y más allá, que es la visión del Palacio Real desde un segundo puente que me devuelve a la ermita y el breve cementerio donde están enterrados las víctimas de los fusilamientos del 2 de mayo. Algunas de estas atmósferas –insisto en el término– remiten a escenas de mi pasado; otras tienen la cualidad del sueño, quiero decir, de lo que alienta con más fuerza en la imaginación precisamente porque no tenemos certeza de haberlo vivido en primera persona.

¿Por qué cuento todo esto? Pasan los días, las semanas, y el aura de estas escenas no cambia ni disminuye; antes bien, cobra fuerza con la repetición, y no hay manera de cruzar el puente en un sentido sin pensar en Sheffield ni de cruzar el segundo puente, de linaje goyesco, sin volver los ojos hacia ese rectángulo formalista que conocí de niño en Tours o Le Havre. Y voy pensando que el tipo de escritura que más me atrae ahora –al menos en la práctica o en mi horizonte de trabajo– tiene mucho que ver con este diorama cambiante de mis paseos matinales. Una poesía hecha de transiciones abruptas, repentinas, movida por la lógica imperturbable del sueño, en el que cada salto es imprevisto y a la vez natural, como si tal cosa. Una poesía en la que el paisaje ya no se deja moralizar ni destacar en primer plano, como solía hace años, sino que proporciona un trasfondo oportuno para la perplejidad, el enigma. Una poesía con la ligereza y la fluidez del caminar, sí, pero capaz al mismo tiempo de convertir lo familiar en extraño, lo inmediato en remoto, el presente en signo o secuela de lo que hubo antes (pues los cambios en el espacio lo son también en el tiempo, y el misterio que emana de ellos se alimenta del pasado –de aquello del pasado que seguimos sin entender propiamente– o bien se proyecta hacia el futuro en forma de conjetura o de premonición). Una poesía que incursiona cada día en el territorio de lo que cree conocer para ver cómo eso consabido se aleja o se aparta o se disuelve a su paso, sin dejar por ello de interpelarnos o de prometer alguna clave que nos comprometa, valga el juego de palabras.

El sonambulismo –ese soñar despierto o con los ojos abiertos que muchas veces se ha equiparado al acto creativo– puede y debe ser fecundo si evita la tentación del hoyo umbilical, si se deja llevar y traer por los afectos del mundo como la bola del pinball rebota y es golpeada por los muelles, resortes y paletas de la máquina. Y los años no han hecho sino refrendar a mis ojos la sabiduría estructural de este paseo sonámbulo, su condición de correlato de nuestro pasar por el mundo: un pas(e)ar incierto, a tientas, a duras penas, pero también iluminado por salvas redentoras de asombro y de plenitud que nos hacen pensar, al menos por un instante, que algo se puede comprender si nos ponemos a ello.