viernes, febrero 28, 2014

noticiero





Se termina febrero –un febrero que, al menos en Madrid, ha sido verde y casi cantábrico por las frecuentes lluvias–, pero no quiero que el mes se acabe sin dejar constancia de algunas iniciativas de amigos y colegas que de algún modo me conciernen.

Empiezo con Miguel Ángel Arcas, a quien conocemos como capitán y cabeza visible de la editorial granadina Cuadernos del Vigía, que ha coordinado un suculento dossier dedicado al aforismo español en la revista virtual Poemad. Se incluyen ahí textos y notas de poética sobre el género de Eduardo García, José Ramón González, Erika Martínez, Manuel Neila y muchos otros. Y ahí se han colado, asimismo, algunas hormigas blancas que ya pasaron previamente por esta bitácora. Pero tal vez, leídas ahora dentro de un conjunto mayor, cobren otro aire. Esa era la intención, al menos.

Hablando de aforismos, acaba de ver la luz en Italia una antología del aforismo español que lleva por título L’aforisma in Spagna. Tredici scrittori di aforismi contemporanei, editada y traducida por Fabrizio Caramagna, de cuya página Aforisticamente ya me hice eco en junio del año pasado. Es un honor verme incluido entre los trece escritores a los que Caramagna ha traducido al italiano (junto a Ramón Andrés, Fernando Menéndez, Ramón Eder, Andrés Neuman o el propio Miguel Ángel Arcas) y es emocionante leer el trabajo de uno en esa lengua tan hermosa. No sé si alguna vez escribí, en español, una frase como «Il tuo volto nello specchio ogni mattina, come una parola ripetuta più e più volte fino a quando diventa incomprensibile», pero es evidente que en italiano suena mucho mejor; no hay punto de comparación. Dan ganas de llegar a un acuerdo con Fabrizio y reconvertirse, con su ayuda, en aforista italiano...





Febrero también ha sido testigo de la aparición del número 3 (invierno de 2014) de la revista virtual Cuaderno Ático, creada, dirigida y maquetada por el poeta y traductor (y helenista) Juan Manuel Macías. Un índice de lujo –Eduardo Moga, Andrés Catalán, Mezouar El Idrissi, Carlos Fernández López o Javier Pérez Walias, entre otros para una revista que puede leerse en pdf descargable o en ISSUU. Se incluyen ahí tres poemas recientes, uno de los cuales, «El monumento», es rigurosamente inédito (quiero decir con esto que no ha visto la luz en esta bitácora… por ahora). Y debo decirlo: me encanta el color verde que Macías ha escogido para la cubierta. Me consta que le llevó tiempo ajustarlo.

Por último, Carlos Morales del Coso ha recuperado en la página de esa colección legendaria que sigue siendo El toro de barro mi viejo poema «Elegía» (bueno, no tan viejo, es del 2007). Siempre está bien enfundarse una nueva piel para vieja ceremonias, como tituló Leonard Cohen uno de sus discos. Y es un poema, además, por el que siento cariño. Está en buena compañía.

domingo, febrero 23, 2014

fábula



Kayama Matazo, Frozen Forest


Porque me faltaba un clavo
no pude herrar a la yegua
Porque la yegua se quedó en casa
no fui capaz de avisarte
Porque saliste desprevenida
te sorprendió la tormenta
Porque la nieve cegó tus ojos
te perdiste a medio viaje
Porque estabas sola entre la nieve
fuiste a refugiarte bajo un roble
Porque el cielo se había parado
tu sombra se juntó con tu cuerpo
Porque el tiempo se había parado
tu cuerpo se juntó con el roble
Porque la nieve siguió cayendo
parecías un ala de cuervo
Porque caía sobre sí misma
eras ya un clavo pequeño
un clavo que saqué de mi frente
antes de guarnecer a la yegua
y salir a la intemperie porque

sábado, febrero 15, 2014

nicanor


[Desde hace algunas semanas el Periódico de Poesía de la UNAM, dirigido por el escritor Pedro Serrano, incluye en su portada un dossier especial de homenaje a Nicanor Vélez, el poeta y editor colombiano que fundó la colección de poesía de Galaxia Gutenberg y editó varias «obras completas» (de Octavio Paz, de José Ángel Valente) de la editorial hasta su muerte a finales de 2011. El dossier incluye textos de Antonio Gamoneda, Andrés Sánchez Robayna, Julio Ortega, José Manuel Blecua, Miguel Casado, Eduardo Milán, Jenaro Talens, Alfonso Alegre y otros escritores, traductores y amigos. También se incluye un pequeño texto que escribí para la ocasión y que ahora comparto en esta bitácora. Una versión algo más breve aparece en el número de febrero de la revista Quimera.]


Lo primero que me viene a la mente al recordar a Nicanor Vélez es, curiosamente, su sonrisa: una chispa en los ojos, la curva traviesa de los labios bajo el bigote, algo en el rostro que lo devolvía por un instante a la niñez. Y digo que me parece curioso este recuerdo insistente de su sonrisa porque con Nicanor tuve, sobre todo, una relación telefónica. Nos vimos muchas veces, nos escribimos con abundancia, pero el teléfono era el espacio donde se dirimía casi en exclusiva el diálogo, el trabajo en común. Nicanor y el teléfono: su insistencia a destiempo, sus llamadas bajo el sol de playa de agosto, sus charlas eternas para cerrar los detalles de un libro, una revisión de pruebas o, simplemente, hablar de nuestras cosas. El teléfono era el reverso locuaz que le permitía, antes o después, pasar largas horas en su local de la calle Getsemaní revisando textos, corrigiendo y ordenando papeles, forjando con paciencia de relojero los libros a su cargo. Creo que todos los autores, traductores y colaboradores de los volúmenes de poesía, ensayo y obras completas que produjo Nicanor han tenido la misma experiencia: la fase final de cualquier proyecto era una larga llamada intermitente que podía durar semanas y que no se cerraba hasta que dábamos respuesta a todos y cada uno de los interrogantes de la edición. No he conocido editor más atento, meticuloso y pertinaz que él. Con ninguno he tenido conversaciones más aleccionadoras y debates más encarnizados, hasta el punto de olvidar cuál era el origen de la disputa o preguntarme si de tanto afinar no estaríamos –escolásticamente– cortando pelos en tres. De ninguno he aprendido tanto, no sólo por la calidad misma de la conversación (las enseñanzas sobre cómo resolver este o aquel problema editorial) sino por el ejemplo mismo de su día a día, la constancia rigurosa con que gradualmente, y sin apenas ruido, fue levantando un catálogo de poesía contemporánea que no tiene igual en el ámbito hispanohablante.

Lo que, visto en retrospectiva, más me admira del trabajo de Nicanor –por encima incluso de su excelencia correctora, su esmero, la mirada que estudia y coteja y perfila– fue el modo en que, teniendo muy claras las líneas maestras de la colección y la estructura y alcance de cada uno de sus títulos, era permeable a los consejos y sugerencias de sus colaboradores, los autores y traductores que íbamos trabajando con él y que solíamos quedarnos en la vecindad, sin ganas de marcharnos, satisfechos de poder ayudar cuando era preciso. Nicanor tenía buen oído no sólo para las frases que leía en la pantalla o el papel, sino también para acoger y hacer suyas aquellas propuestas que podían beneficiar a la colección. Era terco, sí, pero también entusiasta y con una mirada paciente, de largo alcance, que sabía poner cada proyecto en su sitio y verlo en perspectiva. Sólo así era posible darle a cada uno su tiempo, su trabajo preciso, y hacer que pudiera engranarse y dialogar con otros libros de la colección. Esa clase de inteligencia emocional, fundada en la constancia y una rara capacidad previsora, es la marca de agua del trabajo de Nicanor. Nada en él es improvisación, ocurrencia. Todo está planeado y forma parte de un conjunto, una suma global, que infunde un valor añadido a cada opción particular.

Los caprichos de la memoria, sin embargo, me devuelven una y otra vez la imagen de su sonrisa en la cafetería del Círculo de Bellas Artes, charlando con Gustavo Guerrero y un servidor poco antes de presentarse Conversación con la intemperie: seis poetas venezolanos (2008), que Gustavo había coordinado con mano maestra. Por alguna razón, le recuerdo exultante: lejos de la mesa de trabajo, olvidado por un instante del móvil, no dejaba de hacer bromas y mirar con ojos expresivos la pendiente de Gran Vía. Esa imagen es el eje al que se anudan recuerdos algo más borrosos: Nicanor en su despacho de Vall d’Hebron, bajando las persianas metálicas antes de enseñarme (sorpresa, sorpresa) las pruebas de un volumen de Octavio Paz revisadas por su autor; o en la presentación madrileña de Las ínsulas extrañas, flotando visiblemente entre los invitados como un globo al que le hubieran quitado lastre (y era así); o saludándome con ojos comprensivos –la sonrisa, de nuevo– cuando trataba de explicar o justificar mis retrasos de traductor apurado.

La sonrisa, sí. Pero también la voz, ese acento difícil de describir o definir en el que se mezclaban tonos de Colombia, París y Barcelona. Por algo mi última comunicación con él fue telefónica: una vieja idea que los dos queríamos retomar sin saber muy bien cómo. Lo siguiente que supe, tres o cuatro días más tarde, es que Nicanor había ingresado en el hospital. Quedó la conversación pendiente y eso hace aún más real, más palpable, el hueco de su ausencia: una voz que espera respuesta. Ultimar la producción de la Obra completa de Blas de Otero, que él había dejado encarrilada pero inconclusa, fue un modo nada impertinente de celebrarle y honrar su recuerdo; también de seguir trabajando con él, de otra forma. Durante los doce años que tuve el privilegio de tratarle hubo un poco de todo: encuentros, desencuentros y reencuentros. Tenía el don de pasar página (él, que tantas editó) y de reanudar la charla como si nada, con los ojos puestos en el camino. Lo sigo echando de menos.




martes, febrero 04, 2014

fuga en dos tiempos


suceso

No estábamos allí cuando ocurrió.
Íbamos de camino a otra ciudad,
otra vida,
bajo un cielo cambiante que se movía con nosotros.
Cruzamos campos verdes, amarillos,
pueblos de gente suspicaz y cuervos impasibles,
y ni una vez echamos en falta nuestra casa
o sentimos nostalgia del pasado.
Así era el viaje:
por la noche silencio,
a la mañana niebla.
Una vez encontré un botón de hojalata en el bolsillo
y jugué a sostenerlo bajo el sol,
arrojando destellos a las altas espigas.
Luego fue una moneda usada
y tuvimos el paso franco en todos los controles.
Las llanuras de Europa son testigo.
Ellas saben también que algo ocurrió,
aunque nunca lo viéramos.
Íbamos de camino a otro país,
otra vida,
sin bultos estridentes,
sin espacio para el recuerdo.
Todo salía a nuestro paso,
ahora silencio y luego niebla.


«Suceso» es uno de esos raros poemas, al menos en mi caso, que tardaron en fluir y encontrar su forma definitiva. Suelo escribir de un tirón cuando la ocasión se presenta: unas pocas palabras que llegan sin permiso y convocan una escena, una atmósfera, algo como un zarcillo de ritmo que exige cuidados para crecer. Poema o problema: lo primero es resolverlo, sacar el gusanillo que nos come por dentro y hacer que perfore la tierra de la página. Lo demás puede esperar. Pero «Suceso» fue distinto. Escribí los seis primeros versos (hasta «…cuervos impasibles») en marzo de 2005, sugestionado quizá por la lectura de Mark Strand: esos poemas suyos en los que, influido por cierto Ashbery, todo pasa y nada queda, las causas se desatan de los efectos y la ligereza es otro modo de discreción. Supongo que tenía en mente los maizales inmensos de Iowa, los campos de colza que vi años después en Inglaterra, el verde y el amarillo luminosos del verano atlántico. Anoté los versos en mi cuaderno y traté de seguir el hilo, pero no había hilo; imposible dar con él, tal vez porque yo mismo iba entonces hacia otra vida y me esforzaba en comprender qué había ocurrido en la anterior. Como dice Kierkegaard, la vida sólo se entiende mirando hacia atrás pero debe vivirse mirando hacia delante, algo de lo que el poema, no por azar, parece haberse hecho eco en su versión definitiva.

Cuatro años después, en abril de 2009, viajé a Cracovia invitado por el Instituto Cervantes. Abel Murcia, su director, tuvo la buena idea de alojarme en Klezmer-Hois, un hotel del barrio judío que había sido, hasta la llegada de los nazis, una vieja mikve o casa de baños rituales. El olor a especias (clavo, canela) era omnipresente y parecía emanar de los paneles de madera oscura que recubrían pasillos y dormitorios. Desde mi cuarto, una estancia enorme y desatenta que temblaba con el paso de los tranvías, veía la calle Starowislna débilmente iluminada por farolas anaranjadas. Claroscuros de Mitteleuropa. Me parecía estar en el decorado de una película de la guerra fría.




De Cracovia retengo muchas cosas, pero uno de los recuerdos más intensos, por inesperados, es un largo viaje en coche hacia la frontera checa y la visión fascinada del campo centroeuropeo: llanuras onduladas y sembrados de cereal, pueblos recién salidos del invierno y campos de patatas, bosques de robles y tilos. La impresión era de vastedad, de desamparo: un inmenso fondo marino que las aguas de la historia habían hecho y deshecho a su antojo; una mano abierta que iba del Danubio a los Urales y cuyas líneas estaban sembradas de cuerpos, ceniza, huellas de tanques y botas.

Ya en Madrid, aquella visión me dio el hilo que no había renunciado a encontrar: «las llanuras de Europa son testigo». El poema creció sobre el surco abierto por el viaje y propuso una alegoría escueta que era también –ahora sí– un espejo donde verse: una historia de exiliados perpetuos que avanzan a tientas y se niegan a mirar atrás; el relato de una fuga constante que se complace en borrar sus huellas. Como en los poemas de Strand, aquí también la ingravidez debía ser una forma de la elegancia.



[Acaba de ver la luz un nuevo número (de enero) de la revista Ínsula dedicado a la poesía española contemporánea y coordinado por Ángel Luis Prieto de Paula y Luis Bagué Quílez. Es un número más bien centrado en la poesía joven, y mi presencia en el índice, como la de todos los que nacimos en los sesenta (Jesús Aguado, Antonio Méndez Rubio, Enrique Falcón, etc.), está un poco traída por los pelos. Quiero decir que algunos ya empezamos a peinar canas, literalmente. Pero se agradece, y mucho: por incluirnos, y por mantenernos en las filas de la alegre juventud.

Mi colaboración en este número consiste en un breve texto en el que se me pedía comentar uno de mis poemas: el motivo que lo originó, las circunstancias que rodearon su escritura, el proceso mismo de creación… Cuestiones que no siempre es fácil resumir en apenas tres o cuatros párrafos, y menos cuando lo biográfico, como es el caso de este poema, tiene tanto peso en la escritura. Lo cuelgo aquí por si alguien tiene curiosidad.]

sábado, febrero 01, 2014

in memoriam





Se acabó por fin enero. Un mes terrible, la verdad, que se ha cebado con su guadaña en la poesía y los poetas: Juan Gelman, José Emilio Pacheco y, más cerca de casa, Fernando Ortiz y Félix Grande, dos grandes escritores y dos ejemplos, me parece, de saber estar en la vida y en la literatura. No tuve ocasión de tratar mucho a Félix, pero en mis pocos encuentros con él siempre me impresionaba el timbre y la cadencia –sabia, mesurada– de su voz, el imán sereno de su conversación. Como dice José Luis Piquero en su bitácora, «se quedaba uno hipnotizado».

Cuando un poeta se muere, nuestro mundo se hace un poco más pequeño, más inhóspito. Hay una merma en los depósitos de conciencia vigilante con que afrontamos el día a día. Quedan, sí, sus palabras, esas que, según Auden, «se alteran en el vientre de los vivos», porque son raíz y alimento de los que han quedado atrás. Triste consuelo, dirán algunos, pero no es verdad; las palabras son la base misma de esa conversación incesante que es la literatura, el hilo de plata que nos une más allá de otras diferencias.

Y menciono a Auden porque también otro gran poeta, Yeats, murió un mes de enero. De hecho, el pasado martes 28 se cumplieron 75 años de su muerte en Roquebrune-Cap-Martin, un pueblo de la Costa Azul francesa. Apenas unos días después, ya en febrero, Auden escribiría su famosa elegía al poeta irlandés, la misma que incluye uno de sus versos más citados (y quizá malinterpretados): Poetry makes nothing happen. Hoy, sin embargo, me quedo solo con la primera parte del poema, que tiene esa mezcla de emoción, piedad, distanciamiento clínico y lucidez mental tan característica de su autor. Sirva para despedir y celebrar la obra de nuestros poetas, que nos han dejado, sí, «en lo más crudo del invierno», con más frío del que hace bajar los termómetros. Descansen en paz. Y démosles nueva vida en nuestras lecturas.



En recuerdo de W. B. Yeats

Nos dejó en lo más crudo del invierno:
Los arroyos estaban congelados, los aeródromos casi desiertos,
Y en las plazas la nieve desfiguraba las estatuas;
El mercurio se hundió en la boca del día moribundo.
Los instrumentos de que disponemos coinciden en decirnos
Que el día de su muerte fue un día oscuro y frío.

Lejos de su dolencia
Los lobos recorrían los bosques de coníferas
Y al río campesino seguían sin tentarle los muelles elegantes;
Gracias al luto de las lenguas
La muerte del poeta no llegó a sus poemas.

Fue su última tarde como el hombre que había sido,
Tarde de cuchicheos y enfermeras;
Las provincias del cuerpo se le alzaron en armas,
Las plazas de su mente se vaciaron,
El silencio invadió la periferia,
La corriente de su emoción sufrió un cortocircuito; se convirtió
[en sus admiradores.

Ahora se halla disperso en más de cien ciudades
Y dejado a la suerte de querencias ajenas
A fin de hallar su dicha en otros bosques
Y ser penalizado por un código de conciencia extranjero.
Las palabras de un hombre muerto
Se alteran en el vientre de los vivos.

Con todo, en la importancia y el ruido del mañana,
Cuando en el parque de la Bolsa los agentes aúllen como bestias
Y los pobres padezcan las penurias a las que están bastante
[acostumbrados,
Y todos, en su propia celda, respiren casi persuadidos de que son libres,
Un puñado de miles evocará este día
Como se evoca el día en que uno hizo algo ligeramente excepcional.

Los instrumentos de que disponemos coinciden en decirnos
Que el día de su muerte fue un día oscuro y frío.


Traducción J.D. / El original, aquí

viernes, enero 31, 2014

confusión


El que habla de algún libro como pretexto para hablar de otra cosa, es que no ha llegado a él.


miércoles, enero 29, 2014

racimo


El último número de la revista Agenda se abre con un largo ensayo de Derek Walcott sobre Heaney: un tributo del poeta caribeño a su amigo que acaba de morir. En cierto momento, al hablar del tono y la presencia visual de los poemas en la página, Walcott menciona «la tensa bobina de sus versos, en la que las palabras se arraciman como bayas silvestres que vamos comiendo una a una…». Es justamente el tipo de expresión que solo está al alcance del poeta doblado en crítico, una imagen que capta –que define y explica– con claridad la sensación que da la lectura de ciertos poemas, y en especial los de Heaney: ese estar saboreando palabras que de tan juntas, tan apretadas, han cobrado un sabor de familia que no impide, con todo, percibirlas por separado a medida que las ingerimos o tomamos conciencia de ellas.

Y sin embargo, la definición –la explicación– no agota nada, no es un alfiler de entomólogo ni una jaula cegada por focos que permite escudriñar más de cerca los poemas. Funciona más bien por transferencia, gracias a las virtudes de una analogía con el mundo natural que es congruente con el espíritu de la obra a la que remite (esos racimos de «bayas» que parecen tomados de cualquier página de Muerte de un naturalista) y preserva su frescura, su viveza. De hecho, la analogía va más allá y nos lleva al reino del instinto y la necesidad: esas bayas se comen. Y añade: se comen una a una, lo que viene a decir que la necesidad se estetiza y se convierte en un placer consciente, elaborado, un disfrute que prevé su propio final y lo retrasa sutilmente. La poesía como «relación carnal con las palabras», como experiencia erótica, es subsumida por la idea de ingesta, de incorporación del fruto al cuerpo y de ahí a la sangre del lector; en suma, de transustanciación. La poesía se come, nos dice Walcott, es algo físico que provoca una respuesta igualmente física. Y su imagen, brevísima, no es tanto una jaula descriptiva cuanto un marco que resalta y da vida; como esas imágenes o recortes del cielo que son más azules, más densos, que el propio cielo.

lunes, enero 27, 2014

circo



 foto / Paula Doce


Madrid ha cobrado estos días cierto aire cantábrico. Ver la lluvia caer copiosamente tras las ventanas me ha hecho revivir esas tardes infinitas de sábado y domingo en que el agua arruinaba planes y encuentros callejeros y uno combatía el calor malsano de los radiadores apoyando la frente en el cristal helado, mirando a lo lejos el brillo borroso de las luces de cruce de los coches, el destello naranja de farolas prematuramente iluminadas. El cielo cubierto de nubes como una carpa de circo invertida donde el ojo hacía de trapecista, colgándose de las cuerdas del agua hasta posarse con cuidado –con reverencia casi– entre las cosas: el asfalto mojado, los coches sucios de hojas y ramas caídas, la fecundidad del parque donde las gotas repicaban hasta abrir surcos y charcos efímeros en los caminos de tierra. Y al fondo, los días de partido, el clamor casi sísmico con que la multitud celebraba en el estadio las jugadas peligrosas, los goles domésticos. El ojo adquirió destreza en este colgarse de la lluvia, este paseo controlado por unas alturas de las que, en realidad, nunca he logrado apearme del todo. Estar en las nubes es lo que tiene. Hasta el punto de, que ahora, casi cuarenta años después, me veo de nuevo practicando el mismo arte, estudiando los infinitos planos de la ciudad –sus sombras, sus claroscuros– como desde una tirolina.

Ver caer la lluvia tiene un efecto hipnótico, la capacidad de frenar el tiempo a la vez que lo acelera bruscamente, como una rueda que de tanto girar parece inmóvil. La lluvia es una cosa / Que sin duda sucede en el pasado. Así es, en efecto: en Gijón, en Sheffield, ahora mismo… La tarde como el cielo menudo de un circo donde la infancia recrea o ejercita sus viejos vicios, sus intentos de fuga. Y todo para decir: gris en lo gris, me admira tu vaivén, melancolía.

(18/1/2014)

sábado, enero 25, 2014

las formas disconformes





Me suele dar pereza destinar esta bitácora a comentar mis andanzas y publicaciones (siempre creo que voy a aburrir a los lectores, quizá porque el primer aburrido soy yo), y por ello no he hablado hasta ahora de Las formas disconformes, el compendio de textos críticos que libros de la resistencia, de la mano de su responsable Juan Soros, tuvo la generosidad de publicar el otoño pasado. Lo hago en esta ocasión porque el miércoles que viene, 29 de enero, el libro se presenta públicamente en el Centro de Arte Moderno de Madrid (Galileo, 52) y parece que ya va siendo momento de romper mi silencio. Me acompañará el poeta y crítico José Luis Gómez Toré, uno de los escritores jóvenes a los que más admiro (acaba de coordinar, por ejemplo, un espléndido dossier sobre José Ángel Valente para el último número de Cuadernos Hispanoamericanos, no os lo perdáis), y supongo que parte de la presentación la dedicaremos a sostener un breve coloquio sobre poesía y crítica, su necesidad o pertinencia, los vasos comunicantes que las unen… en fin, cuestiones que espero no se vuelvan demasiado áridas en nuestras manos (o en nuestras voces).

Publicar un libro de crítica literaria es algo más que predicar en el desierto. Son libros de venta casi inexistente, que interesan solo a un puñado de lectores cómplices o iniciados. Sospecho que siempre ha sido más o menos así, pero ahora los tiempos son incluso más ásperos. Y, sin embargo, escribiendo la mayor parte de estos artículos y reseñas (sobre Octavio Paz, Luis Feria, José Ángel Valente, Orlando González Esteva, Olvido García Valdés o Juan Carlos Mestre, entre muchos otros) me parecía que seguía en el reino de la creación, que las fuerzas que debía poner en juego no eran distintas, en esencia, de las que suele exigir la poesía. Al final se trata de hacer hablar a las palabras, de hablar a través de ellas, de dejarse hablar por ellas. Hay ideas y párrafos en este libro que tienen tanta vida, al menos a mis ojos, como cualquier poema. Y que escribí con enorme placer, un placer al que se añadía –además– la posibilidad de hacer justicia a obras muy admiradas, muy queridas. Dicho esto, asumo que este libro vive en los márgenes del zoco literario, en una calleja oscura por donde apenas pasan posibles clientes. Por eso el valor de libros de la resistencia es doble; una resistencia activa, un seguir haciendo como si nada, como si fuera la cosa más natural del mundo. Por cierto, que la editorial ha colgado en su página web el texto de introducción que escribí para el libro, así como la ficha técnica. Ahí se explica con claridad cuál fue mi intención al escribir y reunir en un solo volumen estas piezas. Todas ellas, aclaro, dedicadas a poetas y escritores hispanohablantes.

El miércoles 29 de enero un puñado de escritores y lectores se reunirá en una librería de Madrid para hablar de crítica y creación, de la necesidad de admirar y celebrar al otro, de leerlo y comentarlo, de estudiarlo y aprender de él. Casi parece un milagro en los tiempos que corren.




viernes, enero 17, 2014

edwin muir / los caballos


Al final de la tarde, apenas un año después
de la guerra de siete días que hizo dormir al mundo,
los extraños caballos regresaron.
Por entonces ya habíamos sellado nuestro pacto con el silencio,
pero aquellos primeros días todo estaba tan quieto
que el sonido de nuestra propia respiración nos asustaba.
Al segundo día
las radios se estropearon; movíamos el dial; ningún sonido.
Al tercer día un barco de guerra pasó ante nosotros en dirección norte,
sembrado de cadáveres en cubierta. Al sexto día
un avión cayó al mar sobre nosotros. A partir de ese instante,
nada. Las radios mudas;
y ahí siguen, en un rincón de nuestras cocinas,
y siguen encendidas, tal vez, en un millón de habitaciones
de todo el mundo. Pero ahora, si rompieran a hablar,
si de pronto les diera por hablar,
si al dar las doce una voz nos hablara,
no le haríamos caso, dejaríamos fuera
ese mundo maligno que devoró a sus hijos
de un bocado. No habría vuelta atrás.
A veces pensamos en las naciones que duermen,
arropadas ciegamente en un dolor impenetrable,
y la extrañeza de esta idea nos confunde.
Los tractores descansan en los campos; cuando se pone el sol
parecen acecharnos y esperar como monstruos marinos.
Están bien donde están, cubriéndose de herrumbre:
«Que acaben de pudrirse, nos servirán de abono».
Hacemos que los bueyes tiren de los viejos arados,
los mismos que juntaban polvo. Hemos vuelto
para ensanchar la tierra de nuestros padres.
                                                                    Entonces esa noche
al final del verano los extraños caballos regresaron.
Oímos un lejano retumbar en el camino,
un traqueteo cada vez más violento; se detuvo, luego empezó de nuevo
y al doblar el recodo se transformó en un clamor vacío.
Cuando vimos las cabezas
como una gran ola salvaje tuvimos miedo.
Habíamos vendido los caballos en época de nuestros padres
para comprar tractores nuevos. Y nos eran extraños
como corceles fabulosos en antiguos escudos
o ilustraciones de un libro de caballerías.
No nos atrevíamos a acercarnos. Sin embargo esperaron,
testarudos y tímidos, como si tiempo atrás
hubieran recibido la orden de encontrarnos
y revivir el lazo arcaico que dábamos por perdido.
En un primer momento no pensamos siquiera
que aquellos seres se dejaran domar o utilizar.
Había en la manada media docena de potrillos
paridos entre ruinas, en terreno salvaje,
y aun así frescos como si hubieran emergido de un edén propio.
Desde entonces arrastran los arados y llevan nuestras cargas,
pero esa libre servidumbre nos sigue traspasando el corazón.
Nuestra vida ha cambiado; en su venida está nuestro comienzo.



trad. J.D. / el original, aquí




Hace tiempo que quería hablar de Edwin Muir (1887-1959) y publicar alguno de sus poemas, empezando por este maravilloso «The Horses» [Los caballos]. Muir es uno de esos rara avis cuya grandeza casi nadie discute, y que sin embargo siempre ocupan un lugar ligeramente marginal en los recuentos académicos y las antologías. Esa marginalidad es inicialmente de orden biográfico: Muir nació en Deerness, un pequeño pueblo de las Orcadas, el archipiélago situado justo encima de la costa norte de Escocia (suena mucho mejor en inglés: The Orkneys). Si ya es un lugar remoto ahora, imagínense lo que sería a finales del siglo diecinueve: Muir, que vivió allí hasta los catorce años, lo recordaría siempre como un paraíso, el Edén del que fue tristemente arrancado cuando su padre perdió la granja y hubo de trasladarse con toda su familia a Glasgow para buscar trabajo en la industria (un poco, salvando las distancias, como nuestro Rafael Alberti al verse desterrado del mar gaditano de la infancia para acabar en las calles de Madrid). Muir habló de esta experiencia de dislocación –tan espacial como temporal– en una nota de diario escrita a finales de los años treinta, cuando ya su paso por Glasgow era una pesadilla borrosa:

Nací antes de la Revolución Industrial, y tengo ahora doscientos años. Pero me he saltado tres cuartas partes de ese lapso de tiempo. En realidad nací en 1737, y hasta mis catorce años no sufrí ningún percance temporal. Entonces, en 1751, me trasladé de las Orcadas a Glasgow. Cuando llegué descubrí que no era 1751, sino 1901, y que en un viaje de dos días había consumido en realidad ciento cincuenta años. Pero yo seguía en 1751, y ahí permanecí mucho tiempo. Toda mi vida ha sido un intento de salvar esa grieta. No es extraño que esté obsesionado con el Tiempo.

La vida en Glasgow fue una catástrofe. En pocos años perdió a sus padres y a sus dos hermanos, y Muir encadenó una serie de trabajos humildes y deprimentes de los que emergió a base de esfuerzo y voluntad, y con una fe renovada en el arte y en su propia vocación literaria. En 1919 se casó con Willa Anderson («Mi matrimonio fue lo mejor que me pudo pasar en la vida»), y juntos se ganaron la vida traduciendo a numerosos autores de lengua alemana. Suyas, por ejemplo, fueron las primeras traducciones de Kafka al inglés, que siguen contando con el favor de muchos lectores, y que tuvieron una influencia perdurable en su propia escritura.

Durante años llevaron una existencia itinerante, y justo después de la Segunda guerra Muir fue director del British Council en Praga y luego en Roma. En 1955 llegó a dar las conferencias de la Cátedra Norton de poesía en la Universidad de Harvard. El niño de las Orcadas había llegado lejos… Uno de sus mejores y más atentos lectores fue T. S. Eliot, que en 1965 preparó una antología de su obra poética.

Muir escribió tres novelas, varios estudios y ensayos, y una autobiografía que sigue reeditándose y que debe leerse como una variación o reescritura del mito clásico de la caída y posterior redención terrenal del ser humano. Él mismo creyó en esa «fábula», quizá porque toda su juventud fue un largo remar contracorriente en condiciones sociales y laborales adversas. A veces me lo imagino en esos años de Glasgow como un trasunto escocés del infortunado Leonard Bast de Howard’s End a quien las hermanas Schlegel tratan de ayudar, no siempre de la manera más sensata.

«Los caballos» es la quintaesencia del estilo de Muir: una poesía sobria y sencilla en apariencia pero cruzada de misterio, de inminencias alegóricas y símbolos arquetípicos (fue un jungiano convencido y practicante). Algunos de sus poemas retoman en inglés el mundo alienado y paradójico de Kafka, sus imágenes de laberintos, interrogaciones eternas y sin motivo, callejas eliotianas que se suceden como «un debate tedioso / de intensión insidiosa», ciudades en ruinas… Pero «Los caballos», que es claramente un poema post-apocalíptico, un poema escrito bajo la espada de Damocles de la bomba atómica, mira también hacia el Edén de su infancia, esas Orcadas que siguieron vivas en su imaginación. La imagen de los caballos que vuelven misteriosamente al final del verano son su modo de celebrar el vínculo con el mundo natural, de religarse a él y recordarnos de dónde venimos, pero creo que al hacerlo él mismo se sentía volver a la granja de Deerness para reencontrarse con su padre y honrar su memoria. Él ya había tenido un apocalipsis en su vida: si no era posible volver a ese mundo, al menos podía celebrarlo en forma de imágenes, hacer del poema un talismán sanador.



sábado, enero 04, 2014

hotel insomnio


La niña de los vecinos sufre algo parecido a terrores nocturnos. No se explica si no que dos o tres noches a la semana las pase llorando: un llanto violento, insistente, que percute al otro lado de la pared hasta despertarnos. Son sacudidas que duran quince o veinte minutos y que terminan en un silencio tenso, indeciso, que vuelve a romperse al poco con nuevos sollozos. La primera vez que me desperté lo hice con la sensación, la certeza, de que algo importante se me escapaba de los dedos: un aura lustrosa, la explicación que lo aclaraba todo, la llave maestra que haría encajar las piezas (¿de qué? Quizá del sueño mismo). Pasé la media hora siguiente dando vueltas en la cama y persiguiendo con angustia vicaria el cabo del sueño. Inútil: zarandeado por el lamento de la niña, el cuarto se movía bajo mis pies y alejaba la llave, la espantaba de mí con violencia, cada vez que la tenía a mano. El llanto se convirtió en un gimoteo exhausto y terminó por apagarse. Pero al fondo, muy al fondo, parecía seguir oyéndose un eco pospuesto de su queja, pequeños relieves que respiraban en sordina bajo el lienzo del insomnio. Como un equivalente aural de la imagen remanente, una secuela que se resistía a dejar el caracol del oído. ¿Por cuánto tiempo? Solo sé que cada vez que lograba adormilarme la niña volvía a estallar en llanto. Y así durante cerca de tres horas. Tumbado boca abajo, envidié la impavidez del faquir. Y, en efecto, el aire del dormitorio parecía una cama de pinchos que hurgaba y se entrometía con insolencia en mi búsqueda de sueño. El pequeño caracol ya era una espiral envolvente. Y lo siguió siendo hasta arrojarme, por uno de sus toboganes abruptos, a la arena manchada del amanecer.

miércoles, enero 01, 2014

para empezar


Para empezar el año, estos versos de Eliseo Diego como divisa: «Vivir aquí o allá será una pena, / pero vivir es más que la alegría: / alguien me lo susurra en la memoria / tal como el corazón me lo decía».

Aquí o allá, pero siempre en uno, para que no haya dudas sobre cuál es la fuente de esta avidez, esta insistencia, que no remite.

domingo, diciembre 29, 2013

yeats / su alabanza


¿Qué sería de las navidades sin unos versos de Yeats? Hacía tiempo que no publicaba un poema suyo en esta bitácora. Este en concreto apareció por vez primera en Los cisnes salvajes de Coole (1919) y es uno de los últimos rescoldos de su amor por Maud Gonne, escrito quizá cuando estaba a punto de contraer matrimonio (en 1917) con Georgie Hyde-Lees. En cualquier caso, es una criatura extraña, un poema amoroso con toques anecdóticos y un fondo –muy al fondo– de leve humor.

Sirva en cualquier caso para cerrar el año y dar la bienvenida al que viene. Que no nos sea leve, pues eso significaría que la sangre no corre por nuestras venas. Pero que tampoco nos abrume con un peso excesivo, no vaya a acostumbrarse. Feliz 2014 a todos.




Entre quienes merecen alabanza es ella la primera.
He deambulado por la casa, he ido de un piso a otro
como un hombre que edita nuevo libro
o una joven que estrena traje nuevo,
y aunque he manipulado la charla con astucia
de forma que su elogio saliera a colación,
una mujer terció con un cuento reciente, tomado de algún libro,
de un hombre medio envuelto en un sueño confuso
que apenas conservaba memoria de su nombre.
Entre quienes merecen alabanza es ella la primera.
No hablaré más de libros ni de la larga guerra
sino que pasearé junto al árido espino hasta que encuentre
a un mendigo escondiéndose del viento, y allí hablaré con él
de modo que su nombre termine apareciendo.
Si tiene harapos suficientes sabrá su nombre
y lo dirá con gusto, pues en los viejos tiempos,
aunque obtuvo el elogio de los jóvenes y la censura de los viejos, 
entre los pobres fue alabada igualmente por jóvenes y ancianos.


Trad. J. D. / El original, aquí.

sábado, diciembre 21, 2013

heather buck / la propuesta





Esta tarde, mientras la luz recorre
con imposible lentitud el huerto
y yo me giro, inquisitiva,
mi mano entre tu mano,
mis ojos buscando un sentido
a las nubes que oprimen
el vasto escenario del cielo,

¿aceptarás conmigo ese sendero
que existe solo cuando lo pisamos,
esa casa que respira a la vida
solo cuando se la comparte,
esa jarra de vino
que se llena cuando bebemos?




Traduje este breve poema de Heather Buck (1926-2004) hace como quince años, poco después de leerlo en el que sería, a la postre, su último libro. El título era simbólico y premonitorio: Waiting for the Ferry (1998); donde «ferry» remite, como es obvio, a la barca de Caronte.

Poco he llegado a saber de su autora. Colaboraba habitualmente en Agenda, la revista fundada y dirigida por William Cookson, y había publicado en la editorial de la revista un lúcido estudio sobre la via negativa como fuente de afirmación en los Cuatro Cuartetos de Eliot. Waiting for the Ferry era su cuarto libro de poemas y lo editó Anvil Press, en cuya página web he encontrado los únicos datos biográficos de que dispongo: Heather Buck nació en Kent in 1926. Comenzó a escribir en 1966 tras someterse a un análisis jungiano. Vivió en Lavenham, Suffolk y murió en 2004.

La referencia a Jung no es casual: la poesía de Buck es clara, incluso sencilla con la desnudez diamantina de ciertas imágenes y símbolos arquetípicos, y tiene la sequedad, el toque inexorable, de quien ha pensado mucho lo que quiere decir y no se anda con rodeos al decirlo. Pero es también una poesía humilde, llena de empatía imaginativa, capaz de levantar los velos del mundo y ver lo que allí se esconde. «La propuesta» (originalmente «The Proposal») parece un poema sin aristas y sin embargo me ha llevado todos estos años dar con una versión satisfactoria. Quizá mi error fue que inicialmente opté por un ejercicio de reescritura libre que a punto estuvo de aparecer en mi libro Gran angular. Un error de soberbia: ninguna libertad que yo pudiera tomarme podía mejorar el poema o hacerlo más nítido, más rotundo.

Después de volver sobre él y hacer algunos ajustes, lo comparto en esta bitácora a modo de felicitación navideña. El año ha sido largo y duro y se cierra con presagios muy negros sobre el futuro de nuestras libertades y nuestra salud democrática. Ojalá 2014 nos depare al menos alguna satisfacción colectiva, que buena falta nos hace. Entretanto, no sin una mezcla de rabia y hartazgo (también de esperanza), os deseo a todos muy feliz Navidad.



The Proposal

This evening, as the light dawdles
impossibly slow in the orchard
and I turn and question you,
my hand linked to yours,
my eyes trying to spell out
the meaning of clouds
humped over a vast arena of sky,

will you acquiesce in a path
that exists only by treading,
in a house that is breathed
into life only by sharing,
in a jug full of wine
replenished by drinking?