Se recuestan en los bancos de madera despintada y dejan que
el sol de marzo les acoja lentamente: el punzón vivo del aire, la cabeza en
ningún sitio, los rostros como agua clara donde no se toca fondo. Van quedando
atrás la noche, los ventisqueros del cuerpo, esos erizos de frío que hibernaron
en la sangre. Cada minuto que pasa estoy
más cerca del día. Pesa el tacto de las llaves, su dibujo memorioso. Me voy a esperar un rato.
"Los libros no se hacen solos"
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El pasado 5 de junio, *Daniel Gigena* publicó en *La Nación*, de Buenos
Aires, la noticia de que la editora y docente Patricia Piccolini ganó un
importan...
Hace 10 horas

1 comentario:
Ese horizonte, estremecedor, hacia el que todos vamos. Qué bien intuido (o anticipado). Confiemos en que no sea del todo cierto. Su frío. Que haya un consuelo hacia el más acá. Alguna forma última de misericordia. Aunque quién sabe. Un abrazo, Jordi.
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